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Hombre, capitalismo y materialismo.

En 1896 Henry Ford, granjero de nacimiento, culminaba los experimentos que darían lugar a una de las mayores compañías automovilísticas de todos los tiempos. Que un hecho similar hubiera ocurrido en la España de finales del S. XIX, apenas dos años antes del aciago 1898, era de todo punto impensable. Las condiciones que se daban en la España de aquel entonces estaban muy alejadas de todo lo que tuviera que ver con una sociedad capitalista.US_$5_series_2003A_obverse
Ha pasado el tiempo y nuestro país ha vivido una transición que se desdeña de una manera preocupante. No nos damos cuenta de que hemos pasado de una sociedad claramente pre-moderna y arraigada en el poder de las grandes familias a una sociedad en la que han sido capaces de abrirse paso personas como Amancio Ortega, Juan Roig, Francisco y Jon Riberas (los dueños y gestores de Gestamp) e innumerables empresarios que en buena lid han sido capaces de generar un tejido empresarial totalmente nuevo en nuestro país.
Cabe pararse a pensar a qué es debido que un empresario que comienza fabricando albornoces en La Coruña sea capaz de crear un imperio como Inditex en la España de los 90 y junto con él afloran múltiples casos de éxito que generan cientos de miles de puestos de trabajo mientras que ello era prácticamente imposible pocas décadas antes.

Bajo mi punto de vista hay que buscar la razón de ello en diferentes causas: El talento individual de todos y cada uno de los empresarios, de todas las partes del mundo, que invierten su esfuerzo, sus recursos y su tiempo en alcanzar la meta que se han fijado. Y unas condiciones políticas, jurídicas y sociales que permiten que ese talento aflore y sea recompensado adecuadamente. En definitiva, algo con lo que contaban los EEUU en 1896 y de lo que carecíamos en España.
Uno podría recriminarme que simplifico en exceso, pero ocurre que durante el S. XX y lo que llevamos del S. XXI ha sido la sociedad capitalista por excelencia, los EEUU, la que ha logrado mantenerse como primera potencia mundial y la que en su seno sigue aflorando los inventos y la tecnología más revolucionaria de nuestro planeta. Y aunque la URSS compitió durante buena parte de la postguerra con el país Norteamericano, no debe olvidarse en lo que ha quedado la antigua Unión Soviética ni lo que había detrás del muro cuando éste fue derribado (para los escépticos aquí se puede leer una interesante evolución de lo acontecido en las sociedades capitalistas desde el comienzo de las mismas).
Lo que trato de poner de relieve es que, a pesar de lo que se escucha a diario, el capitalismo sí que pone en el centro a la persona. Y digo esto porque es en las sociedades capitalistas donde las personas que invierten su esfuerzo son recompensadas y donde somos cada una de las personas las que podemos sacar el máximo rendimiento a nuestras capacidades y a nuestro esfuerzo, en un entorno donde se presupone la igualdad de condiciones y donde las opciones que cada uno de nosotros tomemos en el mercado sean totalmente libres.
Y es que en definitiva, en una sociedad capitalista, el mercado es un simple instrumento del que hacemos uso todos y cada uno de los miembros de la sociedad, de manera que participamos en él tanto por el lado de la oferta como por el lado de la demanda. No es ningún ente ajeno a nosotros que tome decisiones con intención de perjudicarnos o de hacernos sufrir, lo que ocurre es que si uno acude al mercado de deuda y luego no paga el individuo que te ha prestado querrá que le devuelvan su dinero, como querríamos que nos lo devolvieran a nosotros.

Y sí, querido lector, no ignoro que el capitalismo es imperfecto. Es algo que llevamos décadas escuchando y no por ello deja de ser menos cierto. Algunos hablan de fallas de mercado, otros de capitalismo de amiguetes, de abusos de posición dominante, competencia desleal… Nada de esto deja de ser cierto y la cuestión estriba en cómo debe prevenirse o en su caso penalizarse; sin duda alguna a través de los medios que brinda el Estado de Derecho. Sin embargo, y tras una crisis como la que hemos vivido en nuestro país a lo largo de los últimos siete años, uno tiene la sensación de que ha existido algo más que una falla de mercado o un capitalismo de amiguetes. Es cierto que es lo que se denuncia con más vehemencia por parte de múltiples agentes políticos y todos tenemos más o menos identificados a los culpables de nuestros males presentes, lo cual no quiere decir que esa identificación sea correcta.
Si yo hubiera de atribuirle un defecto al sistema capitalista sería el de hacer al hombre en exceso materialista. El hombre de la sociedad moderna ha quedado totalmente desprovisto de person-110305_640espíritu y es únicamente lo material lo que guía su toma de decisiones. Probablemente como consecuencia de ese afán por hacernos valer en el mercado y de hacer valer nuestro peso en la sociedad mediante la toma de decisiones en ese mercado hemos ido marcando cada vez más nuestro individualismo, en definitiva desproveyéndonos de nuestra espiritualidad y a la postre de nuestra identidad. Y ello no es algo desdeñable, puesto que es precisamente la pérdida de identidad una de las razones que determinan que vivamos en una sociedad consumista como la actual.
Por lo tanto, cabe pararse a pensar más allá de lo evidente y de lo que todos somos capaces de ver. Hasta la fecha las alternativas al sistema capitalista se han revelado como un rotundo fracaso generando sociedades de individuos despersonalizados, oprimidos y subyugados a un ideal loable a la par que inalcanzable. Las imperfecciones del capitalismo existen pero son susceptibles de corregirse con los mecanismos jurídicos adecuados. Pero ¿qué ocurre con esas imperfecciones que no cabe corregir con normas jurídicas? ¿Qué sentido tiene poner a la persona en el centro del sistema cuando lo que ocurre es que esa persona ha perdido su identidad por falta de interés en su espiritualidad?
Se presenta pues un dilema entre la despersonalización impuesta por el poder de los sistemas comunistas y socialistas y la despersonalización a la que arrastra un sistema que permite alcanzar las mayores cotas de éxito personal y profesional. En mi opinión el dilema entre uno y otro sistema no debiera existir, de hecho ni me lo planteo, lo que ocurre es que actualmente sí que está presente en nuestra sociedad, ya sea porque no vemos más allá de lo evidente, ya sea porque preferimos no hacerlo.