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Del Referéndum francés al referéndum griego


La crisis de 2007 llegó a la UE en el momento más inoportuno posible, el 13 de diciembre de ese mismo año se firmaba el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea – más conocido como Tratado de Lisboa – que diseñaba la nueva arquitectura institucional de la Unión. Dicho Tratado tuvo su origen en lo que siempre he considerado el principio del fin de la UE: El fracaso de la Constitución Europea. No debemos olvidar que en aquella ocasión tal resultado no fue una decisión tomada por los dirigentes de los gobiernos que integraban la Eurozona. Aquel resultado fue consecuencia de que el 29 de mayo de 2005 el pueblo francés decía que no a más Europa y pocos días después era el pueblo holandés el que también decía ‘no’.
Hace tres semanas el pueblo griego también dijo ‘no’ en referéndum. Salvando las distancias, la pregunta, al igual que en el año 2005, tenía que ver con Europa y el funcionamiento de la misma. Dicho de otra manera, ¿están los ciudadanos de los países que integran la UE dispuestos a que en su país se hagan las cosas como se dice desde Bruselas y Estrasburgo o no? La respuesta parece estar bastante clara en Grecia diez años después. Ahora bien, los griegos no son los únicos que titubean a la hora de responder a la pregunta que hemos planteado, la promesa de convocar un referéndum sobre Europa realizada por David Cameron ha tenido mucho que ver con la vuelta, tras 20 años, de un gobierno exclusivamente conservador al número 10 de Downing Street.
Pero, ¿por qué los europeos no quieren más Europa? Que los ciudadanos de Francia y Holanda, ambos países Mariposa Europafundadores de la Unión Europea, dijeran ‘no’ en el año 2005 fue una señal que no se supo interpretar por parte de los dirigentes políticos europeos. En aquel entonces el origen del conflicto en el seno de la Unión estuvo en una de las mayores asignaturas pendientes que a todavía hoy tiene la UE: La política exterior. La invasión de Irak y el apoyo que brindaron algunos países generó división. La famosa la cuestión planteada por Henry Kissinger “¿Quién se pone al teléfono cuando se llama a Europa?” seguía – y sigue – sin respuesta. El conflicto entre Rusia y Ucrania es otra muestra de cómo la falta de una política exterior común suscita disenso.
Otro aspecto clave en cualquier nación es la energía y la política que guía las decisiones que se adoptan en la materia. En este caso, en Europa encontramos una situación similar a la que se produce en materia de política exterior: no se encuentra por ningún lado. Esto resulta paradójico puesto que el embrión de la UE fue un tratado que llevaba por nombre “Comunidad Europea del Carbón y del Acero” siendo entonces el carbón una materia prima fundamental para la producción de energía y para la competitividad de una industria que tras la II GM era indispensable para la recuperación. Dicho Tratado expiró en el año 2002 y a día de hoy Europa necesita urgentemente de la famosa “unión energética” para que su industria pueda competir con la del resto del mundo. Sin embargo, las particularidades energéticas de cada país retrasan una y otra vez dicha unión, lo que de cara a la lucha contra el cambio climático – donde Europa ha asumido los compromisos más exigentes de cara a la Cumbre del Clima de París del próximo diciembre – puede suponer un verdadero contratiempo.
Por último, queda hablar de la gran protagonista todos estos días: La economía. Desde que comenzara la crisis económica se ha hablado de los efectos dañinos que el mal diseño del euro ha provocado en la economía de los países de la eurozona. La unión fiscal y una unión bancaria – a la que parece que se avanza con más firmeza que en otros aspectos – se han señalado como complemento necesario para que la política monetaria común sea verdaderamente efectiva y los países puedan gozar de mayores recursos frente a esta clase de acontecimientos económicos. Tal vez, por tratarse precisamente de mammón, sea en este ámbito donde se consigan mayores avances entre los dirigentes europeos.

Para finalizar este recorrido por el estado de nuestra querida Unión Europea quisiera poner el acento en algo que suele reproducirse en muchas empresas: La autocomplacencia de sus dirigentes. Ayer hablaba con un amigo chileno del peligro que tiene para cualquier compañía el creer que la situación está bajo control por el mero hecho de que las funciones básicas siguen cubriendo el expediente. No quiero decir que los dirigentes europeos estén dormidos en los laureles, es mucho peor. Es peor porque son conscientes de la gravedad de la situación – y no estoy hablando de Grecia – pero prefieren destacar pequeños logros – como ha terminado ocurriendo con la resolución del problema griego – e ignorar la situación general en la que se encuentra Europa. La raíz del problema está en pretender que Europa sea algo que los europeos no quieren que sea. En los diez años transcurridos entre ambos referéndums la suerte de despotismo ilustrado que ha imperado en Europa amenaza con dar pie a un motín de Esquilache y tan sólo los dirigentes británicos, por el momento, han sabido tomar posición para que sus ciudadanos manifiesten qué es lo mejor para ellos.

Como pollos descabezados.


Eso es lo que parecemos ahora mismo la gran mayoría de los españoles. Corremos sin un destino específico. Corremos y corremos sin detenernos ni un solo segundo. Nuestra carrera no es la de un atleta al uso, claro está. Más bien es la antítesis de la misma.
Nos encontramos sentados frente al televisor, el ordenador o incluso rodeados de un grupo de amigos tomando una cerveza y no paramos de correr. Corremos entre noticias, rumores, difamaciones, opiniones, decisiones judiciales, declaraciones oficiales… El goteo incesante de todas ellas nos complica mucho la tarea de detenernos a analizar toda la información que se nos arroja, abusivamente diría yo, a diario. Es tal la intensidad informativa que parece preferible correr cada vez más rápido y llegar al próximo acontecimiento que decante nuestra opinión en un sentido u otro. O más bien la confirme, ya que en multitud de casos tenemos una idea preconcebida.
¿Por qué corremos? ¿Somos incapaces de detenernos y ponernos de acuerdo para correr todos en una dirección que detenga toda esta vorágine? ¿No nos damos cuenta de que si seguimos corriendo no llegaremos a ningún sitio?
A veces parece que la dichosa sociedad de la información tiene como contrapartida la anulación de la iniciativa intelectual más allá de la esfera personal. Puedo contar con los dedos de una mano a la gente que conozco que es capaz de formarse una opinión propia sobre cualquier asunto de relativa trascendencia. Lo habitual es encontrarse o bien una reproducción de la opinión del tertuliano de turno, o, si el tema no ha salido en los medios masivos y adolece de cierta complejidad, un silencio sepulcral.

Esta semana está de moda poner a los políticos a caer de un burro. “Rajoy tiene que dimitir” y preguntes donde preguntes te dirán “sí, tiene que hacerlo”. Yo me pregunto “¿Y luego?” “¿Qué va a cambiar la dimisión de Rajoy?”. No habrá tiempo de preguntárselo porque para entonces nos bombardearán con el tema del sucesor, la sucesora, la oposición, el impacto de la decisión en la economía y demás asuntos que, lo que en realidad hacen, es esconder el problema de fondo que tenemos en España: Seguimos el dictado de los acontecimientos que otros programan o inician. Somos incapaces de correr en la misma dirección para acometer un verdadero cambio.
En esta tesitura de carreras frenéticas encontramos diversos grupos de personas-corredores, sin ánimo de ser exhaustivo me referiré, a bote pronto, a los siguientes:

– Algunos prefieren seguir el dictado de los dirigentes de turno, porque confían en ellos. O simplemente porque el dirigente de turno es el de su cuerda. “Prefiero al mío que a los otros”. Su iniciativa política suele ser nula. Afiliados, simpatizantes, militantes… el espíritu crítico, si alguna vez lo tuvieron, está silenciado por el aparato político de turno.
– Otros son partidarios de pasar por la guillotina a toda la clase política como si esa fuera la solución a los males de una sociedad que está enferma. Siempre lo he pensado: Los políticos son el reflejo de una sociedad. Si los políticos son malos es porque la sociedad permite que estén ahí. La excusa favorita de los partidarios de esta “solución” es que el sistema impide la llegada de gente nueva y distinta. Como si pasar por la guillotina a los que hay ahora fuera algo de lo más innovador.
– Similares al grupo anterior son los que integran el grupo de que la instauración de un nuevo orden democrático-anticapitalista será la panacea. III República, salida de la UE, o imitar el modelo cubano son sus preferencias. Normalmente no me detengo en explicar porqué esta alternativa me parece nefasta y hoy tampoco lo haré. A los hechos de la historia reciente me remito.
– Los neutrales. Esos a los que les importa poco ocho que ochenta. “¿Qué le vamos a hacer?” o similar es la respuesta que dan a cualquier cuestión que les plantees. En general está integrado por las generaciones más jóvenes. Sin duda alguna el grupo más maleable en momentos críticos. Producto de la LOGSE y posteriores desastres educativos han sido educados para que su capacidad intelectual no les permita ir más allá del mensaje más básico llegado el momento oportuno.
– Y por último, aquellos que tratan, como buenamente pueden y saben, de detener a todos los que corremos sin cabeza de un lado para otro, para orientarnos, y orientarse ellos mismos, en la dirección correcta. La principal virtud de los integrantes de este grupo es que ni ellos mismos saben que es lo más adecuado en un futuro inmediato, pero entienden que la mejor manera de determinarlo es pensándolo y decidiéndolo todos juntos, de una manera distinta a la que se supone que lo estamos haciendo en los últimos tiempos. Es el grupo de los que se han molestado en tratar de identificar los males que padece nuestra sociedad en general y nuestro sistema político en particular. Es el grupo de los que tienen la consciencia de que esto no se arregla pasando por la guillotina a toda la clase política, ni cambiando al presidente del gobierno, ni tampoco limitándonos a esperar a que venga alguien con una idea nueva. Nos dicen que las ideas nuevas tienen que partir de nosotros mismos y es nuestro comportamiento el que debe mostrar esa verdadera voluntad de transformar el conjunto de la sociedad. El cambio empieza por uno mismo, y eso implica implicarse, implica formar parte de algo que crezca con nuestras inquietudes, preocupaciones, aportaciones y con nuestro trabajo, no necesariamente remunerado. Dar forma a nuevas alternativas que no tienen por qué ser exclusivamente políticas.

Puede que algunos me digáis: “Yo no conozco a nadie del último grupo”. Lo cierto es que yo conozco a algunos, están ahí, pero no es fácil encontrarlos. La preocupante realidad es que tú no quieras formar parte de ese grupo y prefieras seguir corriendo como un pollo descabezado.

Lincoln.


“Si queréis poner a prueba el carácter de un hombre, dadle poder.” Abraham Lincoln.

Hace unos días fui a ver Lincoln al cine. No puede decirse que sea una película trepidante. “Tostón” es la frase, fuera de la crítica, que más he leído para referirse a ella. Ciertamente puede hacerse algo pesada. Pero yo no voy a hacer una crítica de la película. Tampoco voy a hacer un repaso de la vida de Lincoln, cuyo nacimiento tuvo lugar un día como hoy, en el año 1809. De hecho he de confesar que era una figura poco conocida para mí. Tan sólo voy a ceñirme a los hechos que se relatan en la película. Si no la has visto y tienes intención de hacerlo, puede que quieras guardar el post para otro día.

A escasos meses de las elecciones ¿Poner fin a una cruenta guerra civil o terminar para siempre con la esclavitud en los EE.UU.? ¿Qué haría un político de nuestro tiempo? ¿y de nuestro país? La pregunta adquiere mayor trascendencia cuando se es consciente de que aprobar la decimotercera enmienda, la que tiene por objeto abolir la esclavitud, cuenta con el rechazo, no sólo de la mayoría de congresistas, sino también de la mayoría del pueblo. Y además, tanto una opción como la otra implican ensuciarse las manos, esto es, acometer actuaciones de dudosa legalidad que pueden acabar con la reputación de uno y lo que es más, verse sometido al famoso “impeachment”.
En esas estaba Abraham Lincoln. Ese es el relato que nos traslada la película, adornado de circunstancias personales traumáticas que hacen estremecer al espectador con tan sólo imaginarse en el papel del entonces presidente. ¿Permitir o no permitir a su hijo alistarse en el ejército para luchar contra los rebeldes? ¿Permitirle ir y aprovechar la oportunidad de poner fin a la guerra para no perder al hijo amado, aunque ello tenga como contrapartida no poder acabar con la esclavitud?
Ignoro sí la película es fiel en su totalidad a la realidad que vivió Abraham Lincoln. Pero es inspiradora. Refleja con una contundencia espectacular la altura de miras de aquel hombre. Un hombre que gobernaba una nación pensando en los años venideros y en el porvenir de las futuras generaciones, sin distinguir raza o religión. Hay un momento de la película conmovedor. Lincoln ni siquiera tenía el apoyo de su gabinete de gobierno en relación a la aprobación de la decimotercera enmienda, y cuando trata de convencerles comienza un discurso memorable. Sin ser literal, venía a decir: “…haciendo uso de mi inmenso poder he atribuido la emancipación a los negros, pero a pesar de ese inmenso poder soy incapaz de prolongar la libertad a los negros más allá del final de la guerra. Me resisto a que cuando esta guerra acabe esos negros ya no sean libres, pero me resisto más aún a que todos aquellos que hayan de nacer después de esta guerra nazcan esclavos. ¡Conseguidme esos votos!”. Sólo por ese discurso, en V.O.S., merece la pena ver la película.

Esto es lo que llega a todo el mundo, un hombre que tomó una decisión difícil en un momento complicado y que por eso se hizo grande. Un hombre que arriesgó y le salió bien. Pero si uno se para a pensar en ¿por qué lo hace? ¿Por qué ese empeño o ese interés en hacer algo por los demás sin necesidad de hacerlo, o sin contraprestación personal alguna? ¿Por qué complicar su vida y la de los suyos innecesariamente? No me atrevo a dar una respuesta definitiva, entre otras cosas porque, como decía antes, se trata de una película, con todo lo que eso conlleva. Sin embargo, ésta nos traslada, veladamente, una respuesta. Es una cuestión de valores. Una cuestión de principios y una cuestión de coherencia con unas ideas y un modo de vida. La grandeza del film consiste en reflejar que esa coherencia quiebra cuando Lincoln se sirve de la corrupción para lograr su objeto. Cuando demora el fin de la guerra para lograr poner fin a la esclavitud. Incluso cuando evita llorar a uno de sus hijos, después de su muerte, se traiciona a sí mismo. Traiciones que nunca obedecen a un interés personal. Y es ahí donde se encuentra el meollo de toda la película. Es ahí donde uno extrae la esencia del personaje. En la relegación del interés personal en pos del interés general, de una manera tan cruda, tan desgarradora que a más de uno le asaltan las dudas acerca de la veracidad de tales hechos. Afortunadamente no es la primera vez que la humanidad asiste a hechos de esta naturaleza. Desafortunadamente tampoco es la primera vez que se ponen en duda por aquellos que no son capaces de admitir que existen personas capaces de acometerlos.

Ser capaces de ser de la clase de hombre que era Lincoln debería ser una asignatura obligada para cualquier político. Y haber obtenido matrícula de honor en esa asignatura debería ser un requisito ineludible para cualquier gobernante. Desgraciadamente no existe ninguna forma de valorar ese carácter a priori. Es necesario atribuir poder a una persona para poder ver cómo responde. Y es aquí cuando cada uno de nosotros tiene que ser consciente, y no olvidar nunca, que nosotros también tenemos, o hemos tenido hasta hace poco, el poder de atribuir un mayor poder a uno u otro gobernante. Eso es poder, y el tenerlo ha puesto a prueba nuestro carácter. El resultado, a día de hoy, es preocupante. Nos hemos desentendido de ese poder. Por eso decía hasta hace poco hemos tenido. Puede que nos hayamos desentendido de ese poder inconscientemente, pero lo hemos hecho.
Ignoro si habrá algún Lincoln del S. XXI por estos lares. Pero, una vez más, esperar a que aparezca alguien así supone delegar en otro algo de lo que somos capaces todos y cada uno de nosotros. Ejerzamos nuestro poder, reflejemos nuestro carácter, y si nos sentimos engañados, defraudados, estafados… Busquemos la alternativa. Si no la hayamos habrá que cuestionarse si esa alternativa está o no está en nosotros mismos.

Mario Conde. El encantador de serpientes que me desencantó.


Ya lo tenemos aquí, de nuevo. Ya se anunció hace poco menos de un mes, y hoy de nuevo se anuncia, esta vez con dimensión nacional, la aparición de un nuevo partido político: Sociedad Civil y Democracia. Hay más de mil partidos políticos en España, lo que hace distinto a éste de todos los demás, principalmente, es su líder: Mario Conde Conde.
En realidad el partido está constituido desde junio de 2011, pero luego hablaremos de esto. La aparición de una nueva alternativa política no tendría por qué constituir una mala noticia, habida cuenta del anquilosamiento y escasa valoración de nuestra clase política. Sin embargo, al menos por mi parte, no puedo recibir con entusiasmo esta noticia.

En el año 93 yo tenía 10 años, no tenía ni idea de quien era Mario Conde y vagamente recuerdo haber oído en mi casa que aquello que había ocurrido con Banesto había sido un escándalo. Durante mi etapa de estudiante no recuerdo que el caso de Mario Conde despertara interés alguno en mí. En la facultad de Derecho nunca fue mencionado el caso Banesto ni el caso Argentia Trust, otros como el de Rumasa o el caso GAL si que fueron traídos a colación en alguna clase. De manera que hasta hace pocos años el interés que Mario Conde había despertado en mi persona había sido prácticamente nulo.
El primero en hablarme de un “tío” que decía cosas que nadie decía fue un compañero de oposición que se había hecho con el libro “Memorias de un preso”. Me comentó que le estaba gustando mucho y que me lo tenía que dejar. Finalmente no me lo prestó, pero después de aquella conversación vi un día a Mario Conde en una tertulia televisiva (no hace falta que diga cual) y escuché lo que decía. Tenía un discurso convincente. Hablaba de los problemas de España, su análisis era frío y, a mi juicio, bastante acertado. Proponía soluciones sencillas y pragmáticas. Hablaba con una claridad que pocas veces traslucía en cualquiera de nuestros políticos habituales. Como no conocía su pasado escuchaba sin prejuicio alguno, no miraba quién lo decía sino qué decía, y lo que decía me gustaba. Era una persona que sabía de lo que hablaba, o eso me parecía.
Cuando oyes con atención lo que dice Mario Conde puedes o seguir entusiasmándote o aburrirte. A mi me pasó esto último, así que dejé de verle en televisión. Era seguidor suyo en twitter y con eso y con sus escritos tenía suficiente. Seguía considerando que sus ideas eran acertadas y que decía cosas que nadie decía.

Fue allá por la primavera de 2011 cuando presentó una iniciativa más que interesante. El movimiento del 15-M había captado mi atención y parecía una iniciativa acertada para dar un toque de atención a la clase política. Cuando los acampados en la plaza de sol no se fueron el día de la jornada de reflexión perdí todo el interés en ese movimiento. Pero lo que había sido calificado por algunos medios como el movimiento de los indignados de la derecha si que lo despertó. Básicamente las reivindicaciones eran similares, pero con una diferencia, Sociedad Civil y Democracia estaba estructurada, era una sociedad, no era un movimiento líquido como el 15-M.
Aparecía en España un movimiento cívico estructurado y que si ganaba fuerza podía convertirse en un mecanismo a través del que parte de la sociedad podía presentar sus reivindicaciones al gobierno y a los políticos. Era una alternativa al poder de los partidos políticos, un poder social organizado. Por diferentes razones me parecía una buena idea.
El primer (y único) Congreso de la Sociedad Civil se celebró en septiembre de 2011. Fecha alejada de cualquier cita electoral y por lo tanto a priori no me pareció que sus intenciones fueran electoralistas. Daban la oportunidad de consultar las diversas ponencias antes del Congreso y enviar las enmiendas que a cada cual le parecieran oportunas. Participé activamente en aquel Congreso, envié mi ponencia, que versaba sobre los mecanismos para democratizar los partidos políticos, y el ponente la asumió. No acudí, pero lo seguí en lo que pude. Del Congreso se extrajeron una serie de conclusiones y éstas fueron presentadas al Congreso. Era obvio que esto tenía más de simbólico que de verdadera pretensión, apenas habían acudido mil personas a aquél Congreso, pero era un primer paso. Yo creía que aquello iba en la dirección correcta.

Durante ese año en más de una ocasión planteé a mis amistades la posibilidad de apoyar ese nuevo movimiento, me parece que quejarse es lícito, y la consecuencia natural de la queja es la actuación para eliminar la causa de la misma. Como no era partidario de movimientos antisistema y muchos amigos míos tampoco les planteaba esta iniciativa. Muchos tenían reticencias, pues la imagen de Mario Conde es la que es, por mucho que algunos traten de cambiarla. Yo era uno de aquellos que se tragó la historia de que era una víctima del sistema y planteaba esa historia a los reticentes. Como nunca conseguí hacerles cambiar de opinión me pregunté a mí mismo ¿no serás tú el que estás equivocado?
Para averiguarlo me dirigí al único lugar que podía darme la respuesta a mi pregunta. La sentencia del caso Banesto. Había leído que el caso Argentia Trust si que realmente había quedado en prácticamente nada por lo que no me molesté en investigarlo. Me centré en el gordo, en el caso que motivó que el Tribunal Supremo le condenara a 20 años de prisión. Más de 400 folios de sentencia echan a uno para atrás, pero con leer los primeros folios se descubren varias cosas. He leído la sentencia en su totalidad, al que se anime le recomiendo mucha paciencia.
La primera cosa quye descubrí es que Mario Conde no fue condenado únicamente por el caso Banesto o el caso Argentia Trust, hay más, para no reproducir aquí todos me limitaré a referir el que más llamó mi atención, el caso Cementeras. En los antecedentes de hecho se relata los tejemanejes de Mario Conde y Arturo Romaní y su testaferro Ignacio Martínez Echevarría. Os remito a la sentencia y a que leáis el capítulo II de los antecedentes (el que va justo detrás del de Retirada de caja de 300 millones). Si Mario Conde pretende que me crea que el “sistema” urdió toda la trama de la operación cementeras para condenarle cuatros años a prisión por el delito que por esa operación se le imputa entonces es que me cree mucho más ingenuo de lo que soy. A partir de la lectura de la sentencia descarté como único motivo de su entrada en prisión la conspiración de la que tanto habla.

Otra cuestión interesante, habida cuenta de la encendida defensa que hace Mario Conde de su inocencia es la de su victimismo. Es curioso que de todos los condenados por el caso Banesto únicamente él sea inocente. ¿O son todos inocentes? ¿Si son todos inocentes por qué Mario Conde sólo proclama su inocencia? ¿O no la proclama? Yo ya me pierdo con este hombre. Imagino que, según su argumento, todos los que fueron condenados con él también eran una amenaza para el sistema y por eso los encarcelaron a todos juntos. A mí, sinceramente, esto no me cuadra. Pero como no quiero centrar todo mi post en el pasado de Mario Conde vamos a dejar las cosas en un punto determinado. Vamos a dar por sentado que Mario Conde fue condenado, al menos en parte, por delitos que si cometió, y que después de 15 años en prisión ya ha pagado su pena. Eso supone reconocer que delinquió, algo que él nunca ha reconocido abiertamente y dudo que su orgullo se lo vaya a permitir algún día, pero vamos a dejarlo aquí.

Siguiendo con Sociedad Civil y Democracia volvamos al punto donde lo dejamos. Después del primer Congreso y de haber presentado las propuestas al Congreso de los Diputados el giro que da Mario Conde y Sociedad Civil y Democracia, al menos para los incautos como yo, es sorprendente. Lo que pretendía ser un movimiento cívico de presión muta y se convierte en partido político. Los tuits y los textos de Mario Conde van dejando de ser neutros en cuanto a pretensiones políticas para ir tomando un tono populista que a día de hoy acojona. Y resulta que todo aquello que condenaba Mario Conde en sus arengas y discursos ahora es válido porque va a estar comandado por él mismo, porque es una persona mayor que no tiene nada que perder y mucho que ofrecer, porque él no se va a convertir en lo que son los demás, porque aunque el entre en política no va a ser un político. Aberrante. Pero más aberrante fue la tomadura de pelo que supuso el I Congreso de SCyD. A toro pasado está clarísimo que todo era una estrategia. El partido se inscribió en el Registro de partidos políticos el 20 de junio de 2011, y el Congreso se celebró en septiembre. Ya sabían lo que iban a hacer.
Para darle tinte democrático se plantea una asamblea constituyente el 6 de octubre. Yo ya con la mosca detrás de la oreja (más bien el moscón) y poco interesado en participar, habida cuenta de que me sentía estafado, me propuse saber la verdad de las cosas. Así que seguía con atención lo que decía Mario Conde y su entorno. Si alguien destaca de su entorno por encima de los demás ese es Daniel Movilla, el presidente, hasta ayer, de SCyD. En su burda pretensión de dar aspecto democrático a la constitución de un partido que ya existía Mario Conde se hacía el sueco cuando le preguntaban por su intención de dar el salto a la política y Daniel Movilla manifestaba que tenían la esperanza de que Mario Conde les acompañara y capitaneara en su andadura política. La pantomima, como los que quieran leer sin prejuicios verán, era de órdago.

Cuando leí el orden del día de la Asamblea Constituyente de SCyD, y que iba a durar tan sólo medio día no daba crédito, un partido sólido que se iba a sentar en una asamblea constituyente de cuatro horas es una broma de muy mal gusto. De hecho me sorprendió tanto que me dirigí al señor Movilla y le pregunté vía twitter si pensaba que nos podían tomar el pelo de esa forma a los que habíamos formado parte, de un modo u otro, de aquello. Su respuesta después de un tuit bastante mal educado fue el bloqueo, además de ser bloqueado por todas las cuentas de Sociedad Civil y Democracia en twitter (eso es talante). Como también tenía acceso vía Facebook a SCyD planteé mis dudas por ese canal y al tener eco mis cuestiones el señor Movilla se disculpó conmigo y dijo que me desbloquearía (aún estoy esperando), y redactó una nota aclaratoria en la que sólo me dio más motivos para ver que aquello ya era una causa perdida. En la nota ponía de manifiesto que las candidaturas a la ejecutiva serían de una lista CERRADA de 11 personas que debían comulgar con las ideas del partido y lo típico que se pone para blindar la dirección de un partido. Si alguien ha visto a Mario Conde hablar de las listas cerradas entenderá porque para mí todo esto pasó a ser una causa perdida.
De manera que después de tener contacto directo con él y ver la torpeza de este hombre me decidí a mandarle un correo electrónico al señor Conde, en él le puse de manifiesto lo torpe que estaba siendo y que si quería lograr más apoyos o una de dos o que lo hiciera a pecho descubierto o que fuera menos evidente la pantomima que estaba montando. Como era de esperar no obtuve respuesta.
Lo que si es cierto, por lo que parece (yo ya desconecté hasta el día de hoy que quería contaros todo esto), es que finalmente ayer no se votaron listas cerradas. Hoy leo en la web del partido lo siguiente: “El presidente es elegido de manera directa con el voto de todos los afiliados, el Consejo de Dirección y el Comité de Garantías mediante listas abiertas.” Algo que se contradice con lo que Movilla escribía en su nota aclaratoria de 24 de julio. Atención a la justificación “El presidente forma su equipo y destituye a sus miembros según su criterio. Difícilmente es compatible este modelo con un sistema de listas (abiertas, cerradas o semibloqueadas) en las cuales, los miembros del “gobierno” se le “impondrían” al Presidente.”
Es curioso. En la web pone que las afiliaciones al partido de Mario Conde (así lo dejaba caer el propio Conde en una entrevista) se podrán cumplimentar a partir del día seis, y va y en el mismo día se elige al Presidente. Es de admirar la eficiencia en el procesamiento de las nuevas afiliaciones al partido, puesto que en el mismo día es de suponer que se afiliaron 1500 personas y después eligieron a su presidente. Dudo mucho que esto fuera así. A fin de cuentas lo de ayer fue el acto final de una pantomima a la que Mario Conde y su entorno cercano han conseguido embarcar a casi dos mil personas.

Podríamos también hablar de la congruencia de la decisión de Mario Conde de presentarse a las elecciones gallegas habida cuenta de su conocida postura en relación al estado autonómico. O la credibilidad que le pudo restar a su “improvisado” proyecto el adelanto electoral en Galicia. Las cosas se pueden hacer bien o mal. Mario Conde, en todo este asunto, las está haciendo fatal.
Pero ¿qué ocurre? ¿Sólo advertimos esto algunos pocos? Pues parece que sí, y la explicación es bien sencilla. Grosso modo podemos distinguir diversos grupos de personas: Hay un grupo de personas que tras el caso Banesto y su encarcelación creen con fe ciega todo lo que los medios de comunicación escribieron sobre Conde y su poder. Esos ni se molestan en prestar sus oídos a lo que tenga que decir Mario Conde.
Hay otro grupo de personas que opina que Mario Conde robó, defraudó y mintió y que nunca lo dejará de hacer. Estos tampoco le escuchan.
Otro grupo de personas ha leído sus libros, le ha escuchado por televisión, le agradaba y le continúa agradando Mario Conde. Esos prestaron sus oídos y como las serpientes que siguen el sonido de la flauta se dejaron encantar. Se dejaron encantar por un sonido que era novedoso y atractivo. No son demasiados pero ahí están. Son los que con una seguridad pasmosa repiten lo que Mario Conde ha escrito en sus libros sobre la conspiración que Aznar y González urdieron contra él. Los que dan por sentado que es una víctima del sistema y que él es el único capaz de desmontarlo.
Y por último podríamos hacer referencia al grupo en el que se encuentra un servidor. El grupo de los que atraídos por el sonido de la flauta se acercaron, creyeron por un tiempo pero nunca dejaron de observar todo con atención y antes de meterse en la cesta se escabulleron.

Para terminar me dirijo al señor Conde, no creo que lea estas líneas, pero por si se da el caso. A mí mo me paga nadie, escribo esto porque me nace. Lo digo porque es proclive a pensar que todo el que escribe cosas de usted, si no le gustan, ha sido remunerado por aquellos que conspiran contra su persona. Lo escribo porque me ha defraudado. Muchos pensarán que fui un iluso y que nunca debí creer lo que decía. Puede que tengan razón. No obstante sigo pensando que tiene palabras acertadas y sabias y que si alguien las aplicara a este país le iría mejor. Pero no creo que usted sea la persona más indicada para tratar de aplicarlas. Y no lo creo porque usted no es una persona que vaya de frente. Sólo hay que ver su participación en el programa 12 mujeres sin piedad para darse cuenta de que no es honesto. Como dijo un periodista: el mensaje es válido, pero el mensajero no es de fiar. Considero que era una persona válida para encabezar el nacimiento de un movimiento cívico, alejado de las urnas. Tengo la certeza de que esa nunca fue su intención, por un momento lo creí pero los hechos son los que son y está claro que no van por ahí sus intenciones. Le deseo suerte con su proyecto, pero tengo por seguro que el fracaso será rotundo.

PD. Muchos dicen que Mario Conde es masón, lo ignoro. Pero si alguno de mis lectores es amante de la simbología es probable que en estas imágenes, vea un seis o más de uno…

Es la misma imagen, a la izquierda está la original, a la derecha la imagen que reflejaría un espejo.

EDITADO: Me comenta una lectora que el puede que tenga que ver con el trisquel de la cultura celta. Similares son, no obstante, hay logias que tienen como denominación el trisquel. Lo miren por donde lo miren, si quieren sacar punta pueden. Yo me limito a señalarlo.