Miopes


Artículo publicado en Estrella digital

El resultado de las elecciones del pasado 26 de junio ha esclarecido algo más el panorama político de este país que algunos todavía llamamos España. Sin embargo, parece que nuestros líderes políticos no lo ven claro. Y eso que a todo el mundo llama la atención fuera de este país, deja indiferente a la mayor parte de los ciudadanos españoles. No es de extrañar, por tanto, que nuestros líderes políticos no lo vean claro, son igual de miopes que la sociedad española.

Hablar más de lo que ya se ha hablado sobre si habrá abstención del PSOE y así el PP podrá formar gobierno o de si tendremos que irnos a unas terceras elecciones después del verano es algo que les ahorraré a mis queridos lectores. Y es que da igual lo que ocurra, porque cualquiera de los diferentes escenarios posibles son escenarios que no deberían haberse planteado en un país que atraviesa la situación que atraviesa España. Nuestra miopía ha quedado patente porque no somos capaces de identificar a ningún líder que sea capaz de acabar con la corrupción, con el populismo y con la demagogia los cuales campan a sus anchas por doquier.

Los que son miopes de vista, como el que escribe, sabrán a lo que me refiero: No se trata sólo de la incapacidad de leer la letra pequeña que te enseña el oculista sobre un fondo blanco cuando vas a revisarte la vista. Es la incapacidad de reconocer los objetos, de orientarse en un espacio abierto o de ver el rostro de una persona que está a más de tres metros. Se trata de sentirse totalmente desorientado. Y así es como percibo a buena parte de la sociedad española y de los líderes de nuestro país. Por eso todo se hace en la distancia corta, por eso todo se acuerda en cuartos cerrados y sin ventanas y por eso se confunde el populismo con la solución a nuestros problemas.

Creo que no puede resumirse mejor la situación política en nuestro país que con esta frase del premio Nobel de Literatura William Faulkner: “Lo que se considera ceguera del destino es en realidad miopía propia”. Lo mismo puede decirse de cada uno de nosotros, ignoramos lo que va a ocurrir de aquí a que se forme gobierno, pero no es porque estemos ciegos, es porque somos miopes.

La opción Cameron


Publicado en Estrella Digital el 20-06-2016

Entramos en la recta final de la campaña electoral –por fin– y los sondeos no arrojan un resultado nada claro. Al igual que ocurriera en las pasadas elecciones del 20 de diciembre encontramos que el Partido Popular será incapaz de lograr un número de escaños suficiente que le permita formar gobierno sin el apoyo de otras fuerzas parlamentarias. Lo mismo ocurre con Unidos Podemos, que aparece como segunda fuerza.

A estas alturas de campaña todavía no se ha producido ningún golpe de efecto por ninguno de los candidatos. Los intentos de dar golpes de efecto se han quedado tan sólo en eso, en intentos. La sobreexposición mediática de los candidatos de las nuevas fuerzas y el empecinamiento de Pedro Sánchez en mantenerse como una vía muerta para un gobierno de coalición dejan poco margen para la sorpresa.

En este contexto el único que podría dar un verdadero golpe de efecto en lo que queda de campaña es Mariano Rajoy. Su perfil bajo y el deseo de buena parte de su electorado –y también de su partido aunque no se manifieste abiertamente– de que se haga a un lado y permita que sea otro miembro del Partido Popular el que se encargue de formar gobierno, brinda al líder popular la opción que tuvo Cameron en las pasadas elecciones británicas.

Los últimos sondeos que se publicaron en Reino Unido antes de los comicios no auguraban ni de lejos una mayoría absoluta de los ‘Tories’. Infravaloraban el efecto de la propuesta de referéndum que Cameron puso encima de la mesa durante la campaña electoral. Dicha propuesta, si bien ha puesto Europa y buena parte del mundo al borde de un ataque de nervios, le valió la mayoría absoluta.

Mariano Rajoy se encuentra en una tesitura donde podría dar un golpe de efecto similar, con una particularidad, las opciones que se le presentan tienen distinta intensidad y le podrían suponer cosechar un mejor resultado el próximo 26J. Desde luego la opción de Rajoy no pasa por plantear un referéndum para decidir sobre la permanencia de la de España en la Unión Europea, pero tal vez plantear el someterse a una moción de confianza pasado un año de las elecciones, la convocatoria de nuevas elecciones en dos años o incluso abandonar la presidencia del gobierno si el Partido Popular obtiene mayoría absoluta el 26J podrían ser golpes de efecto considerables en una campaña átona, donde la valentía de los candidatos pasa por promesas de subir o bajar los impuestos y quimeras que han llevado a países como Grecia al borde de la quiebra.

Tal vez sea demasiado tarde para plantear opciones de este calado pero llegados a este punto lo que parece bastante claro es que la alternativa dependerá de la decisión que tomen Pedro Sánchez y el PSOE a partir del día 27 de junio.

Del Referéndum francés al referéndum griego


La crisis de 2007 llegó a la UE en el momento más inoportuno posible, el 13 de diciembre de ese mismo año se firmaba el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea – más conocido como Tratado de Lisboa – que diseñaba la nueva arquitectura institucional de la Unión. Dicho Tratado tuvo su origen en lo que siempre he considerado el principio del fin de la UE: El fracaso de la Constitución Europea. No debemos olvidar que en aquella ocasión tal resultado no fue una decisión tomada por los dirigentes de los gobiernos que integraban la Eurozona. Aquel resultado fue consecuencia de que el 29 de mayo de 2005 el pueblo francés decía que no a más Europa y pocos días después era el pueblo holandés el que también decía ‘no’.
Hace tres semanas el pueblo griego también dijo ‘no’ en referéndum. Salvando las distancias, la pregunta, al igual que en el año 2005, tenía que ver con Europa y el funcionamiento de la misma. Dicho de otra manera, ¿están los ciudadanos de los países que integran la UE dispuestos a que en su país se hagan las cosas como se dice desde Bruselas y Estrasburgo o no? La respuesta parece estar bastante clara en Grecia diez años después. Ahora bien, los griegos no son los únicos que titubean a la hora de responder a la pregunta que hemos planteado, la promesa de convocar un referéndum sobre Europa realizada por David Cameron ha tenido mucho que ver con la vuelta, tras 20 años, de un gobierno exclusivamente conservador al número 10 de Downing Street.
Pero, ¿por qué los europeos no quieren más Europa? Que los ciudadanos de Francia y Holanda, ambos países Mariposa Europafundadores de la Unión Europea, dijeran ‘no’ en el año 2005 fue una señal que no se supo interpretar por parte de los dirigentes políticos europeos. En aquel entonces el origen del conflicto en el seno de la Unión estuvo en una de las mayores asignaturas pendientes que a todavía hoy tiene la UE: La política exterior. La invasión de Irak y el apoyo que brindaron algunos países generó división. La famosa la cuestión planteada por Henry Kissinger “¿Quién se pone al teléfono cuando se llama a Europa?” seguía – y sigue – sin respuesta. El conflicto entre Rusia y Ucrania es otra muestra de cómo la falta de una política exterior común suscita disenso.
Otro aspecto clave en cualquier nación es la energía y la política que guía las decisiones que se adoptan en la materia. En este caso, en Europa encontramos una situación similar a la que se produce en materia de política exterior: no se encuentra por ningún lado. Esto resulta paradójico puesto que el embrión de la UE fue un tratado que llevaba por nombre “Comunidad Europea del Carbón y del Acero” siendo entonces el carbón una materia prima fundamental para la producción de energía y para la competitividad de una industria que tras la II GM era indispensable para la recuperación. Dicho Tratado expiró en el año 2002 y a día de hoy Europa necesita urgentemente de la famosa “unión energética” para que su industria pueda competir con la del resto del mundo. Sin embargo, las particularidades energéticas de cada país retrasan una y otra vez dicha unión, lo que de cara a la lucha contra el cambio climático – donde Europa ha asumido los compromisos más exigentes de cara a la Cumbre del Clima de París del próximo diciembre – puede suponer un verdadero contratiempo.
Por último, queda hablar de la gran protagonista todos estos días: La economía. Desde que comenzara la crisis económica se ha hablado de los efectos dañinos que el mal diseño del euro ha provocado en la economía de los países de la eurozona. La unión fiscal y una unión bancaria – a la que parece que se avanza con más firmeza que en otros aspectos – se han señalado como complemento necesario para que la política monetaria común sea verdaderamente efectiva y los países puedan gozar de mayores recursos frente a esta clase de acontecimientos económicos. Tal vez, por tratarse precisamente de mammón, sea en este ámbito donde se consigan mayores avances entre los dirigentes europeos.

Para finalizar este recorrido por el estado de nuestra querida Unión Europea quisiera poner el acento en algo que suele reproducirse en muchas empresas: La autocomplacencia de sus dirigentes. Ayer hablaba con un amigo chileno del peligro que tiene para cualquier compañía el creer que la situación está bajo control por el mero hecho de que las funciones básicas siguen cubriendo el expediente. No quiero decir que los dirigentes europeos estén dormidos en los laureles, es mucho peor. Es peor porque son conscientes de la gravedad de la situación – y no estoy hablando de Grecia – pero prefieren destacar pequeños logros – como ha terminado ocurriendo con la resolución del problema griego – e ignorar la situación general en la que se encuentra Europa. La raíz del problema está en pretender que Europa sea algo que los europeos no quieren que sea. En los diez años transcurridos entre ambos referéndums la suerte de despotismo ilustrado que ha imperado en Europa amenaza con dar pie a un motín de Esquilache y tan sólo los dirigentes británicos, por el momento, han sabido tomar posición para que sus ciudadanos manifiesten qué es lo mejor para ellos.

Es tarde Mariano


Todo apunta a que el PSOE pactará con Podemos e ignorará la oferta de Esperanza Aguirre de ceder la alcaldía de Madrid a Antonio Miguel Carmona. El PP es un buen gestor pero es un partido que de acuerdo con Metroscopia no sería votado nunca por un 54% de los españoles, sobre esa base el presidente de la consultora demográfica lo definía hace poco como “El Mou de los partidos políticos”. Parece ser que entre el resto de formaciones políticas la opinión es similar.

Tras la desbandada de algunos de sus barones Rajoy se ha dado cuenta de que hay que hacer algo para revertir la situación y que la estrategia del avestruz, pese a la buena marcha de la economía, no tiene visos de dar resultado de cara a las generales. Es demasiado tarde.

El 21 de noviembre de 2011, con la mayoría absoluta en el bolsillo, y teniendo conocimiento del agujero que dejaba en las arcas públicas el PSOE – gracias a su victoria previa en casi todas las autonomías ese mismo año – la estrategia del gobierno fue jugar la carta de la recuperación económica y nada más. La situación que atravesaba España era crítica pero el PP cuenta con cientos de militantes a los que se les podía haber puesto a pensar en cómo mejorar la calidad democrática de nuestras instituciones, entre ellas la de los propios partidos. Se dieron tímidos intentos como el de Ministro de Justicia Ruiz-Gallardón tratando de despolitizar el CGPJ, aquella reforma fue frenada en seco y de iniciativas similares nunca más se supo.

Nadie en el PP supo ver, o hacer ver a los que cortan el bacalao,

que las demandas de una sociedad que estaba siendo objeto de sacrificios considerables no descansaban sólo en la pronta recuperación de la economía y en la abundancia de crédito. Hubiera bastado con ser mucho más contundente con los casos de corrupción y con la erradicación de privilegios – un gesto mucho más significado con los coches oficiales era algo de lo más sencillo –. A su vez, el discurso de la nueva izquierda era poderoso y para tratar de aplacarlo se optó por políticas alejadas de lo que esperaba el votante –subidas de impuestos, leyes descafeinadas o que nunca llegaron al Congreso, como la de liberalización de Colegios Profesionales – pasando de soslayo sobre cuestiones críticas para una sociedad cada vez más joven y que demanda nuevos mecanismos que incrementen su participación o que al menos les hagan sentirse más integrados en la toma de decisiones.

A cuatro meses de las elecciones generales hacer creer que eso va a ser diferente en la próxima legislatura es algo del todo inverosímil. De manera que, con Monedero desaparecido del mapa, sólo queda el discurso que se reveló insuficiente el pasado 24M: El de la recuperación y el del miedo a que se estanque de nuevo la economía. No sabemos que pactos saldrán de las elecciones del 24M y cómo afectará eso a los votantes, sin duda lo hará, la cuestión es si fortalecerá al PP o lo debilitará aún más.

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