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El futuro de la sociedad de consumo (III)


Si no te gusta el cambio, te gustará mucho menos la irrelevancia”. Eric Shinseki.

Hace cinco años, poco después de inaugurar este blog, escribía una sencilla reflexión con el estilo de un blogger novato que llevaba por nombre: ‘El futuro de la sociedad de consumo’. Mucho he leído y he aprendido desde entonces, y muchas de las cuestiones que me hacía en aquel momento de incertidumbre, donde la crisis parecía que se iba a llevar todo por delante, hoy parecen cuestiones obvias. Esta semana, sin ir más lejos, leía este artículo: La tormenta perfecta que sufrirá el empleo en cinco años, según los sabios de Davos. Curiosamente dentro de otros cinco años. No me considero sabio ni experto, y mucho menos entonces, pero es cierto que muchas de las preocupaciones que plasmaba en aquella sencilla reflexión se han confirmado. El mes que viene UBER pondrá en circulación 100 coches que conducen solos, y esta misma semana una Spin-off del MIT se le ha adelantado. Los artículos periodísticos que advierten de que hay muchas profesiones que llevan camino de desaparecer, gracias a la disrupción tecnológica, se leen cada vez más a menudo. Nuevas corrientes como la de la economía colaborativa se van abriendo paso como alternativas al capitalismo.

En cinco años, pese a la profunda crisis económica que vive todo el planeta, hemos asistido a multitud de revoluciones que están afectando a nuestro día a día de una manera totalmente desconocida hasta el momento. Parece como si existiera una necesidad imperiosa de seguir hacia adelante pero no parece muy claro que sepamos donde estamos ni hacia a dónde vamos. Y es que los problemas que es susceptible de generar una sociedad multicultural, integrada en un planeta que está poblado por más de 7.000 millones de personas, son multitud y todos ellos pueden ser solucionados de multitud de maneras diferentes, alimentándose la oferta de soluciones y con ello la posibilidad de acertar o de equivocarnos.

Pese a ello, la sociedad de consumo sigue amenazada de la misma manera que lo estaba hace cinco años. El 30 de octubre de 2011 se alcanzó la cifra de 7.000 millones de habitantes en nuestro planeta. Hoy somos 445 millones más de personas y las estimaciones de 9.000 millones para 2045 van camino de confirmarse. Estamos hablando de una fuerza laboral que no deja de crecer en un mundo, donde las condiciones necesarias para desarrollar las capacidades que demanda  el mercado de trabajo cambian de una manera notable cada cinco años o menos. Sin esas capacidades las personas no serán integradas en un mercado laboral que ya no tendrá cabida para muchos de los empleos que conocemos actualmente. las personas que no estén integradas en el mercado laboral serán personas que dependerán de las coberturas sociales, que a su vez dependerán de la distribución que se haga de la riqueza de otros. Asimismo, la falta de recursos limitará la capacidad individual de elegir entre las distintas soluciones existentes a los problemas personales que nos plantea la vida y con ello disminuirá su libertad. La mayor amenaza que acecha al capitalismo tal y como lo conocemos estriba en el hecho de que la revolución tecnológica puede dejar sin fuente de recursos económicos, a un gran número de personas.

No estoy añadiendo mucho a lo que dije en este blog hace cinco años diciendo esto. No obstante, transcurridos estos cinco años hoy podemos decir que compartir es la nueva ventaja competitiva. Y si partimos de esa premisa nos encontramos en un escenario donde la riqueza no va a estar totalmente representada por el número de ceros que haya en tu cuenta corriente o el valor de los bienes que tengas. La riqueza también va a estar representada por el número de personas que conozcas a los que les puedas ofrecer algo en lo que estén interesados y ellos te puedan ofrecer lo mismo a ti, de manera que adquirir no te suponga un coste mayor que el de producir lo que otros requieren. Es el famoso fenómeno de la economía colaborativa, cuyos efectos comenzarán a apreciarse en un mundo totalmente conectado a la red. Tal vez en 2020. Una economía colaborativa cuyos efectos han sufrido en primera persona los enciclopedistas que han visto como Wikipedia ha acabado con su profesión. Blablacar, Couchsurfing o Homeaway son modelos de economía colaborativa que están revolucionando sus respectivos sectores y cuyo máximo potencial se alcanzará cuando todos estemos conectados a la red y hagamos un uso inteligente de los recursos que están conectados a la misma.

¿Será suficiente la utilización inteligente de las nuevas tecnologías, por parte de los individuos, para contrarrestar la creciente desaparición de puestos de trabajo? En mi opinión no lo podremos saber si no apostamos por ello, y bajo mi punto de vista es una baza que deberíamos jugar. En la actualidad la información está al alcance de todos, aprender a procesarla y convertirla en conocimiento será la clave del futuro de la educación y de nuestra sociedad. Como dice uno de los vicepresidentes de IBM ‘Un adolescente medianamente capaz conectado a la nube cuenta con muchos más recursos y más información a su disposición que cualquier ingeniero que trabajara para una gran compañía hace diez años’. Capacitar a nuestros adolescentes para que hagan un uso inteligente de la tecnología que tienen a su alcance debe ser una meta superada en los próximos cinco años si no queremos que el problema arriba descrito condicione en exceso a las generaciones venideras.

El absolutismo del S. XXI


Ayer el Parlamento griego aprobó unas duras medidas de ajuste, durante el debate en el parlamento griego los disturbios asolaron la capital helena,  donde 34 edificios fueron incendiados y más de 150 tiendas fueron saqueadas. El pueblo se levanta, y esta vez no le faltan razones para hacerlo.

Si en los S. XVI, XVII, y XVIII junto con la primera mitad del S. XIX el poder absoluto estaba en manos de los monarcas, en el S. XXI, en algunos países de una forma mucho más acusada, parece que el poder absoluto ha pasado a manos diferentes.
El principio del fin del absolutismo tuvo su origen en la Revolución Francesa de 1789, que tuvo como predecesores el movimiento ilustrado y el ascenso de la burguesía. Los hechos que tuvieron lugar ayer en Grecia no pueden ser considerados como una revolución, pero sin duda alguna es un síntoma de que las cosas pueden cambiar repentinamente.

Otro síntoma de que las cosas no funcionan es que, cada vez más, existe en la conciencia social una certeza de que el poder no descansa en los ciudadanos, se percibe que los resultados que se consiguieron tras el fin del Estado absoluto se están perdiendo. Es lo que podríamos llamar la “descafeinización” de la democracia. La soberanía ha dejado de ser popular, y el pueblo se está dando cuenta de eso. Los casos de Grecia y de Italia, donde se han conformado unos gobiernos que no han sido elegidos directamente por el pueblo son el ejemplo más patente de lo que estoy describiendo. Se dice que el objeto de estos gobiernos impuestos es arreglar la situación de crisis que padece el pueblo, algo muy parecido a aquella máxima del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Sin embargo no estamos en el S. XVIII sino en el S. XXI y el pueblo ya no es el mismo.
Tampoco es el monarca el que detenta el poder absoluto. ¿Quién es el que lo detenta ahora? Desde muchos foros se señala a los mercados, “son los mercados los que hacen y deshacen a su antojo”.

Pero ¿quiénes son los mercados? ¿Dónde viven? ¿Quién decide como actúan los mercados? Podemos partir del siguiente concepto de mercado: “La institución u organización social a través de la cual los ofertantes (productores y vendedores) y demandantes (consumidores o compradores) de un determinado tipo de bien o de servicio, entran en estrecha relación comercial a fin de realizar abundantes transacciones comerciales”. Este sería un concepto básico de mercado, y que alcanza también a los mercados bursátiles, que son a los que se hace referencia cuando se habla de que los mercados son los que quitan y ponen los gobiernos en la actualidad.
Por tanto, si partimos del concepto que hemos dado los mercados, aunque no nos guste, somos todos. El mercado soy yo cuando compro un producto, o cuando invierto en bolsa, o cuando monto una empresa… Formamos parte del mercado y por tanto si decimos que el poder absoluto lo detenta el mercado, estamos diciendo que el poder absoluto lo detentamos nosotros.

Yo no creo que los mercados sean un ente con capacidad de decisión propia y ajena a la sociedad. Pretender personificar los mercados para hacerles culpable de la situación que vivimos es querer simplificar las cosas y tratar de exonerarnos de nuestra propia responsabilidad sin resultado alguno.

De modo que debemos formular de nuevo la pregunta ¿quién detenta ahora el poder absoluto? Mi respuesta puede que resulte algo ortodoxa, pero este es mi punto de vista. Con carácter general la soberanía sigue siendo popular. Hasta hace bien poco, antes del estallido de la crisis, hemos tenido todos la libertad de elegir a nuestros dirigentes, en cada país con sus peculiaridades, pero no podemos hablar de una situación análoga a la de los S. XVI,XVII y XVIII. Sin embargo, hemos asistido a diversos acontecimientos que han provocado que el poder que depositamos en nuestros representantes haya sido sustraído por otra manifestación de nuestra libertad, esto es, ha sido sustraído por los mercados. Y es en los mercados donde nuestro afán de ganar dinero, nuestro afán de garantizar nuestro bienestar a costa del otro, nuestro consumismo desmedido, y nuestra falta de ética ha motivado que se hayan hecho cosas que han menoscabado nuestro poder decisorio. Menoscabo que ha determinado que en países como Grecia e Italia los gobernantes hayan sido designados de un modo poco democrático, o que en España el gobierno electo lo haya sido con una mayoría absoluta.

A ello hay que unir la pésima gestión que han protagonizado diversos dirigentes que fueron elegidos por el pueblo mismo, o que han sido designados por los propios dirigentes que elegimos nosotros. Pésima gestión que no han hecho otra cosa que agravar la situación actual.
Tampoco debe olvidarse que la falta de regulación de diversos aspectos en los mercados bursátiles ha facilitado la actuación poco ética y muy ambiciosa de los agentes de los mercados, con resultados que se han dejado sentir en todo el planeta. Falta de regulación que es precisamente debida a que muchos de nuestros dirigentes han hecho la vista gorda con determinadas actuaciones.

Ahora bien, querer echar la culpa a los dirigentes elegidos por nosotros mismos lo dice casi todo de nosotros. Lo mismo ocurre si pretendemos separarnos de los mercados como si lo que se intercambia en los mismos no nos afectara. Esto es, reitero, querer exonerarnos de parte de nuestra culpa, con nulo resultado.
Cierto es que no todos tenemos la misma capacidad de decisión, ni a nivel político ni en determinados mercados, omitir ese matiz sería pecar de estupidez, sin embargo no debemos olvidar que los mercados se regulan, como acabo de decir, por los dirigentes que elige el pueblo, y que los que intermedian en los mercados de forma directa no sólo intermedian por iniciativa propia, tienen clientes, clientes que al igual que ellos quieren obtener el dinero de forma rápida y a toda costa, clientes que podemos ver paseando por las calles de casi todos los países que ahora mismo están sufriendo la crisis. Y cierto es también que es probable que esos clientes no sean la mayoría de los ciudadanos de un determinado país, pero da la casualidad de que muchos de esos clientes fabrican u ofertan productos que la mayoría de los ciudadanos de un determinado país contratan, compran o arriendan o incluso trabajan para ellos.

De modo que todo está interrelacionado, y no son sólo unos los que deben cargar de forma exclusiva con la responsabilidad. Al igual que no deben soportar siempre los mismos las consecuencias más graves de una crisis.
Pero es paradójico que cuando las consecuencias más graves se soportan sólo por una minoría a la gran mayoría le da igual el sufrimiento de unos pocos. Me estoy refiriendo, por si alguien no lo ha percibido, a la situación inmediatamente anterior a la crisis que estamos viviendo. Los ciudadanos de los países integrantes del primer mundo, con carácter general, no tenían reparos en mantener su bienestar a costa de los ciudadanos de los países del tercer mundo (y quien diga lo contrario miente). Claro que esto ahora puede que nos importe bien poco. Pero puede que debamos ahondar en este aspecto para darnos cuenta que fue precisamente esa insensibilidad hacia esos ciudadanos desfavorecidos lo que ha motivado determinadas actuaciones que ahora nos parecen injustas y que queremos hacer que paguen aquellos a los que queremos hacer responsables.
¿Acaso no puede ocurrir que nosotros estemos pagando aquella insensibilidad que tuvimos? ¿Nadie se ha parado a pensar que esta crisis no sólo es una crisis motivada por la actuación de unos pocos, sino por la actuación de una sociedad entera que ha perdido los valores que le llevaron a alcanzar sus metas?
Da la impresión de que cuando la sociedad occidental de la Edad Moderna alcanzó el objetivo de derrocar a los monarcas absolutos, conquistó la democracia y el Estado del Bienestar se olvidó de que además de existían otras sociedades que no habían alcanzado tales cotas. Y no sólo se olvidó de ello, en lugar de promover que las alcanzaran se hizo todo lo contrario, condenando a millones de personas a la muerte, a la pobreza y a la miseria. Los lugares habitados por esas sociedades menos desarrolladas han sido y son escenarios de guerras, se han explotado y se explotan de forma indiscriminada, hemos puesto y quitado a sus gobernantes a nuestro antojo, los propios integrantes de esas sociedades han sido y son sobreexplotados… y ahora que vemos como todo eso se traslada a nuestro propio territorio nos rebelamos. Y con razón. La cuestión es ¿por qué dejamos de rebelarnos si no logramos conseguirlo para todos?

Después de esta larga reflexión mi conclusión está clara. El poder absoluto no ha dejado de radicar en nosotros, lo que ocurre es que percibimos que no lo ejercemos de una forma directa, y es cierto. Sin embargo, nadie nos lo ha quitado, hemos sido nosotros, con nuestras decisiones los que de una manera inconsciente y egoísta (al fin y al cabo el egoísmo radica en nuestra propia naturaleza humana) hemos ido sustituyendo los órganos que adoptan las decisiones, trasladando el poder del parlamento a los mercados, con una dramática consecuencia: en los mercados las minorías no tienen voz alguna. Otra dramática consecuencia de todo esto es la que ha tenido lugar en países como Grecia e Italia, donde los ciudadanos han visto como los dirigentes que ellos habían elegido directamente han sido sustituidos por otros que no lo han sido. Este pernicioso efecto, que tiene su origen en la propia sociedad, origina a su vez una reacción social de rechazo, con revueltas y disturbios que denotan que la propia sociedad es incapaz de diagnosticar adecuadamente la génesis de sus problemas.
Esperemos que si de nuevo se da una revolución social, aunque su origen se encuentre en la sociedad misma, esta vez no se deje de luchar antes de tiempo y se luche hasta el final. Ya estamos hablando en términos utópicos, pero un escritor francés escribió: “La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.” Que ese mundo, que para algunos es utópico, nos mueva a luchar por algo mejor, pero para todos. Yo lucho.

Reflexiones a bocajarro (III)


En alguna ocasión he escrito sobre la rapidez en que se desenvuelve el mundo que nos rodea. Hace unos meses, concretamente en agosto, estábamos temiendo lo peor con nuestra prima de riesgo disparada, y si nos remontamos un poco más en el tiempo la mayoría de los españoles no teníamos ni idea de que era la dichosa prima de riesgo.
A poco que bucees en cualquier diario especializado puedes hacerte una idea de las distintas opciones que tiene Europa para salir de la crisis, y te das cuenta de que la mayoría de las que proponen no se aplican, o tardan mucho en adoptarse. ¿Tardan mucho o nuestro mundo va demasiado deprisa?
Y éste es el problema, queremos todo ya, ahora y barato, y de la mejor calidad posible. A toda costa, y si para ello hay que hacer trampas, pues se hacen ¿no las hacen otros? ¿No ha estado Grecia tomándonos el pelo?

Imaginemos que Europa es un grupo de amigos, que se reúnen una vez al mes para ver como les va a cada uno. Ocurre que hay un grupo de países Europeos que no hacen los deberes, y ocurre que el resto de los países le dejan parte de los suyos, aun cuando algunos, como España o Italia, saben que dentro de poco ellos también van a dejar de tenerlos hechos (España e Italia realizaron importantes aportaciones al Fondo de Rescate). Y pasa el tiempo y resulta que de los países europeos sólo tienen los deberes hechos una minoría de países. ¿Qué pasa cuando toda una clase copia los deberes al único que los tiene hechos? Pues que el profesor suspende a todos, a unos por copiarse, y al que deja sus deberes por permitirlo.
El problema está en que si el grupo de amigos suspende, pueden perder algo que tienen en común, que si se desaparece puede ser catastrófico no sólo para Europa, sino también para el resto de los países del mundo. De modo que están buscando la forma de evitar que desaparezca, en esa búsqueda se hacen trampas, por así decirlo, en lugar de copiar el texto de los deberes literalmente cambian algunas palabras, para que parezca algo distinto, pero, en definitiva, es lo mismo. De manera que en lugar de darles dinero directamente a los amigos que lo necesitan, se emite deuda, se les rescata de una manera encubierta. Y se da la circunstancia de que al profesor se le puede engañar por un tiempo, pero al final se acabará dando cuenta, y el grupo de amigos suspenderá.

Ese suspenso no significará otra cosa que nosotros, los ciudadanos de esos países, sufriremos la mala gestión económica de esos países. Me he quedado en Europa, pero podríamos extender esta metáfora al resto del mundo, algo que sería un poco más complejo.

Algunos podéis caer en el error de creer que el el profesor que nos suspende es una agencia de calificación, o que nos suspenden los mercados. Creo que eso es buscar una excusa para echarle la culpa a alguien, ese impulso tan humano de buscar a un culpable es bastante reprochable, y más aún cuando todos y cada uno de nosotros hemos sido partícipes, de un modo u otro, de la situación que estamos viviendo. Hay que ser autocríticos no sólo buscar al culpable en el dirigente de turno, o en el que me sube los impuestos, en el especulador, o en el sursum corda.
Y si digo bien, todos hemos sido partícipes de esta situación. Tanto el que gastaba más de lo que cobraba, que es lo que han hecho tanto nuestros gobernantes así como muchos de los ciudadanos; como el que ahora se lamenta de que nuestro sistema democrático está viciado. Tanto los bancos que concedían hipotecas a diestro y siniestro, como aquellos que las pedían sin pararse a pensar en que en algún momento podrían llegar tiempos difíciles. Lo hemos visto miles de veces en el cine, el que vive por encima de sus posibilidades acaba mal, hay millones de ejemplos en el día a día y en nuestras vidas, lo sabemos, y lo hemos permitido. Algunos no lo habrán hecho, habrán sido coherentes y desde luego esos son los que más derecho tienen a poner el grito en el cielo, pero ya se sabe, siempre pagan justos por pecadores. Y una de dos, o nos cargamos a todos los pecadores o aguantamos el chaparrón y salimos adelante a hacer las cosas con cabeza. Mal de muchos consuelo de tontos, pero yo pienso en el contribuyente alemán al que dentro de poco le van a subir los impuestos y pienso: ése si que se va a cagar en la madre de alguien que yo me sé.

Puede que esté reduciendo demasiado la cuestión, pero gracias al sistema en el que vivimos de nada sirve buscar culpables, porque no hay nada que hacerles. Debería poder ser así, pero es ahora cuando queremos que eso cambie ¿por qué no lo quisimos antes? Y como vivimos en un mundo tan camaleónico, los artífices de nuestros males son los que ahora claman por un sistema más justo; y extended esto tanto a políticos, como inversores, como ciudadanos, como a lo que queráis. Pero esta es la realidad, los que hace unos años estaban lucrándose en virtud de los excesos que cometían, muchos de ellos ahora las están pasando canutas, y se suman a los que tenemos motivos reales para estar de vuelta de todo. A los que en su momento supimos contenernos y ahora vemos como nos meten la mano en el bolsillo.

De manera que tenemos una masa social descontenta conformada por oportunistas y por gente que realmente tiene motivos para estarlo. Y es, precisamente, la sociedad la que se suspende a sí misma, porque ha tolerado cosas que no se podían tolerar, ha permitido atropellos, enriquecimientos rápidos e injustos, adquirir cosas que valían mucho más de lo que se pagaba por ellas, endeudamientos que sabía que no se iban a devolver… ¿La sociedad? Sí, la sociedad, y ¿quién gobierna la sociedad? Preguntarán algunos, los políticos. Entonces son los políticos los culpables, ¡ellos tienen la culpa! Y volvemos a buscar al culpable, cuando hemos sido cada uno de nosotros los que con nuestro voto hemos puesto al político de turno al frente de algo que a lo mejor no estaba al alcance de su capacidad. Pero en este punto nos adentramos en otro terreno que es el de la política y los distintos sistemas democráticos. Algo sobre lo que tengo pensado escribir, pero que lo dejaré para otra ocasión, lo que quiero preguntaros antes de terminar es ¿por qué nos quejamos más de lo que hacen aquellos en quien delegamos cuando nos afecta al bolsillo? ¿No debería indignarnos tanto o más que el político de turno se lucre en su puesto de gobierno cuando lo hace bien? ¿Por qué hemos hecho la vista gorda durante mucho tiempo a los atropellos que han tenido lugar, y ahora clamamos contra ellos, cuando en realidad podíamos haberlos evitado si no hubiéramos mirado hacia otro lado? Y estas cuestiones van dirigidas, tanto a los países europeos, que hicieron la vista gorda con Grecia, como a los ciudadanos que veían aquello de la economía como algo de lo que se debían ocupar otros, y en quien delegaban alegremente porque se podían permitir irse de vacaciones al otro lado del mundo, o adquirir la casa de sus sueños gracias a una hipoteca que les iba a tener esclavizado de por vida.
Vivimos en un mundo donde las cosas pasan demasiado rápido, y en el que estamos poco tiempo. No obstante ese tiempo se nos hace eterno gracias a la espiral de preocupaciones que nos rodea. No sé si es bueno o malo, sólo sé que es lo que es, y que si queremos cambiarlo, el cambio tiene que empezar por uno mismo y por los que le rodean, de nada sirve reclamar de otros algo que no nos exigimos a nosotros mismos, tengámoslo en cuenta.

Pd. Si queréis también podemos acordarnos de los que viven en el cuerno de Africa, esos que en Agosto se estaban muriendo de hambre y siguen prácticamente igual, esos que no tienen apenas voz y cuando la oímos nos hacemos los sordos, y junto con ellos, todas las personas que realmente tienen derecho a quejarse, pues ¿qué sentido tiene reclamar unos derechos que sólo hemos conseguido a costa de limitar los de muchos otros?

Reflexiones a bocajarro (II)


De antemano pido disculpas si la lectura resulta algo caótica en cuanto a contenido, pero es lo que tienen la reflexiones a bocajarro…conecto las ideas tal y como me vienen a la cabeza… Espero que os guste.

Vivimos en un mundo extraño. Son innumerables los problemas que afectan a la humanidad, crisis económica en los países desarrollados, hambruna en el cuerno de África, terrorismo internacional, conflictos bélicos en numerosos países, vulneración de los derechos humanos en potencias económicas de primer orden…
Al mismo tiempo vivimos en un mundo tan frenético que los problemas que hace dos semanas estaban en primera plana de todos los periódicos hoy quedan como vagos recuerdos, de algo que pasó, que era importante, pero que ya no lo es, porque hay otra cosa que ocupa su lugar.

Muchos se preguntan cuál es la fórmula mágica que ponga fin a estos problemas, y todos, incluido yo (no me salvo por el hecho de escribir estas palabras) ignoramos que hace más de 2000 años un hombre nos dio esa fórmula mágica. Como bien sabéis ese hombre es Jesucristo. Y la fórmula es muy simple, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.
¿Por qué no aplicamos esa fórmula? No creo que tenga la capacidad para dar una respuesta definitiva a esa cuestión. Sin embargo, voy a aventurar algunas de las posibles causas, que en mi opinión impiden que ello sea así.

El ser humano es tremendamente egoísta, con esto no estoy descubriendo nada nuevo. No obstante, vivimos en un mundo tan materialista y frenético, como decía antes, que no podemos pararnos a pensar en el que tenemos al lado; un mundo donde primero estamos nosotros, luego nosotros y luego los nuestros, y si me sobra algo de tiempo, y tengo ganas, puedo hacer algún acto de buena voluntad. La sociedad consumista y capitalista que impone la realidad económica actual, es la que nos aliena de un modo tan brutal que ni siquiera nos damos cuenta de que es probable que después de nuestra vida terrenal exista un más allá.
Desde luego plantearse esta cuestión es de lo más incómodo, sobre todo si nuestros actos en la vida que conocemos condicionan la supuesta vida futura. Y más aún para que voy a pensar en algo que no sé si existe o no. Y todavía más, si no existe ningún argumento científico que asegure un más allá, lo tengo claro, el más allá no existe, es un invento de las religiones para que no pequemos, para limitar nuestra libertad, para impedirnos hacer lo que queramos.
Y es aquí donde el egoísmo alcanza el clímax, ¿para qué me voy a molestar en hacer algo que no me va a reportar ninguna utilidad? Algunos pueden contestar: “para sentirme bien conmigo mismo” e inconscientemente están dando una muestra más de su egoísmo, “sentirme bien conmigo mismo” estoy buscando mi utilidad.
Otros pueden contestar: “porque está bien ayudar a los demás”, pero ¿por qué está bien ayudar a los demás? El otro día me hacía la misma pregunta, y no me fue fácil darle respuesta, pero creo que di con una respuesta que se acerca al meollo de la cuestión: Porque lo necesitan. Nos necesitamos los unos a los otros para poder alcanzar nuestra plenitud, para realizarnos como personas, y este es precisamente uno de los mensajes que nos da Cristo (Mateo 25, 31-46).
¿Pensad por un momento si los 7000 millones de personas que somos en el planeta hicieran todo esto a la vez? Haced un esfuerzo y pensad que ocurriría. Yo sólo puedo imaginar un mundo sin guerras, sin hambre, sin injusticia, sin odio, sin maldad… Por favor, cerrad los ojos y considerar esa posibilidad, tan sólo tenéis que tomar 10 segundos de vuestro tiempo.
Supongo que algunos de los que lean esto pensarán que estoy como un cencerro, pero a ellos les digo, ¡no os quedéis ahí parados! Ponedlo en práctica, probad a hacerlo una sola vez, no os rajéis argumentando que eso no va a servir de nada, haciendo se hace y no haciendo no se hace.

Estas reflexiones de hoy vienen a cuento de la visita a España del Papa y de que yo soy católico, por tanto soy cristiano y creo en Dios. Sé que hay gente que cree en Dios pero no ven con buenos ojos a la Iglesia Católica, critican la pompa y el boato del Vaticano de sus actos y demás topicazos. Y otros simplemente creen que la religión es el opio del pueblo, que es un invento. Otros pueden profesar otras religiones, y en esto no voy a entrar porque no las conozco todas en profundidad, pero de algo estoy seguro, toda religión que tiene una historia milenaria tiene fundamentos sólidos, de lo contrario, al igual que otras muchas (mitología griega, romana, egipcia… y otras religiones que han desaparecido) ya habrían desaparecido.

No se puede negar legitimidad a una religión por los errores que sus miembros han cometido, porque la legitimidad no se encuentra en la religión, se encuentra en el mensaje que esa religión propaga. Y el mensaje que trae el Papa, y que predica la Iglesia, con sus errores, con sus deficiencias y con sus faltas es básicamente al que he aludido anteriormente. Un mensaje de Amor y de Respeto por el ser humano.

Nos empeñamos en destacar lo negativo de las cosas, en que esto se podría hacer de otra forma, en que “yo no lo hubiera hecho así” (vuelve el egocentrismo)… pero se da la paradoja de que mientras tú te estás quejando o discrepando, la Iglesia está haciendo las cosas lo mejor que puede, y no presume de ello, y sabemos que todo se puede mejorar, y comete errores, y existen actos por los que deben ser condenados, y lo están siendo. Todos somos seres humanos, incluidos los sacerdotes, incluido el Papa, y no se puede exigir la perfección absoluta a ningún ser humano; puede que a la hora de criticar debamos tener presentes todas estas cosas.
En el Facebook de muchos amigos estos días leía: PEGA ESTO EN TU MURO SI ESTAS DE ACUERDO CON QUE BENEDICTO XVI SE QUEDE EN CASITA Y SE ENVIEN A SOMALIA TODOS LOS MILLONES QUE CUESTA SU VISITA A ESPAÑA… CADA 6 MINUTOS MUERE UN NIÑO y yo me preguntaba cada vez que lo leía, ¿cuánto habrán mandado cada una de estas personas a Somalia para hacer tal pregunta? ¿Saben cuántos misioneros evitan que en esos 6 minutos no mueran más niños? ¿Sabrán la cantidad de dinero que la Iglesia y sus fieles enviamos todos los días a ayudar a los más necesitados?
Puede que el problema esté en que como la Iglesia, a lo largo de su historia, siempre lleva haciendo todas estas cosas no sepamos valorarlo en la actualidad. Es verdad que también ha hecho cosas horribles, lo sé, pero las dejó de hacer o lo está haciendo, ya sé que es fácil recurrir a la hemeroteca y hablar de casos de pederastia, de la Inquisición y demás atrocidades, algunas de las cuales se han hecho en nombre de Dios, pero esto no significa que Dios lo haya querido, no seáis tan ingenuos de pensar eso.

No pretendo cambiar la manera de pensar de nadie con estas reflexiones, al igual que la Iglesia no impone su doctrina al que no quiera seguirla, decir que la Iglesia o la religión coartan nuestra libertad es la mayor falacia que he se ha dicho nunca. Otra cosa distinta es que algunos quieran hacernos creer que la Iglesia nos impone un modo de vida. Como he dicho la Iglesia no impone, invita, cada uno es libre, para seguir su opción religiosa, o no, para buscar su Verdad, y para seguir su camino. Y yo creo que esta es la grandeza de la Iglesia Católica, que vive y deja vivir, siempre me hago la misma pregunta ¿Qué le importa a un ateo que la Iglesia diga que está en contra del aborto? ¿Qué le importa a un agnóstico que la Iglesia no recomiende la utilización del preservativo con la finalidad de que la sexualidad no se convierta en algo banal (esta es la intención señores)? ¡¡¡Si a ellos no va dirigido el mensaje!!!