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El emprendimiento y la ‘Gig Economy’


En función del círculo en el que uno se mueva la visión que existe del fenómeno del emprendimiento difiere. Hace una semana hablaba con uno de mis mentores y me hacía esta pregunta ‘¿Qué entiende Europa por emprendimiento? ¿Hace la misma interpretación que la legislación española? ¿Basta con abrir un restaurante o darse de alta en autónomos para ser considerado emprendedor?’ La respuesta a estas preguntas no es sencilla.

El fenómeno del emprendimiento abarca muchos ámbitos y el hecho de que lleve aparejado algo innovador determina que se califique como emprendimiento algo que en sí mismo ya lo es. En este sentido, una página web que comercialice cualquier cosa y tenga potencial de escalabilidad puede ser considerado como una startup. Sin embargo, nadie puede negar que Amancio Ortega es un emprendedor y la página web de Zara llegó muchos años después del nacimiento de la que ahora es la firma textil más grande del mundo. Actualmente el abuso que se produce de las palabras, emprendedor, emprendimiento o StartUp generan una confusión lógica y a la vez inútil. Mi percepción es que lo que los millenials identificamos como emprender es todo aquello que está relacionado con la innovación en el marco economía digital de una manera u otra.

Hablemos del caso español. Si ponemos la lupa en nuestro país la innovación se ha producido principalmente en el sector servicios: Cabify, La Nevera Roja, Opinno, Glovo, Trovit, Buyvip… Son empresas que empiezan a ser familiares. En estos casos la innovación se aplica a un servicio, ya sea el del transporte, el de la consultoría o de la compra de bienes en stock. Otros casos, como el de CartoDB, se adentran en el mundo del big data, pero no deja de ser un nuevo servicio que se ofrece. Pero ¿qué hay del emprendimiento industrial? Si les hablo de PLD Space pocos sabrán a qué se dedica. Y si buceamos en Google podremos encontrar algunos ejemplos significativos, pero aislados. El hecho de que una empresa que se dedica a poner en órbita satélites reciba 1,4 millones de Euros del Estado mientras que algunos otros ejemplos de los que he mencionado anteriormente hayan levantado decenas y en algunos casos cientos de millones de euros no es casualidad. Esta cuestión está relacionada con un fenómeno llamado ‘Gig economy’.

La ‘Gig economy’, que podría definirse como el entorno donde las compañías contratan trabajadores independientes por un corto periodo de tiempo, es consecuencia de que muchas de las innovaciones que conlleva la digitalización de la economía hacen descansar la rentabilidad del negocio sobre un empleado contratado temporalmente, un autónomo, con el consiguiente ahorro que eso supone para la empresa en términos de costes de seguridad social. Los planes de negocio de muchas compañías que están creciendo a un ritmo desorbitado funcionan porque el coste de la fuerza laboral que tienen que soportar es menor que el que tienen que soportar las empresas que contratan por la vía tradicional. Este fenómeno es fácilmente identificable, piensen en los conductores de Uber, Cabify o los transportistas de Glovo. Ese modelo es exportable a otros campos y en un entorno como el español, donde el coste de contratación de un trabajador es de los más altos de Europa, es algo necesario para poder crecer al ritmo al que lo hacen las compañías extranjeras que compiten directamente con las españolas. No debe olvidarse que el fenómeno de la Gig Economy no sólo se produce en España sino a nivel mundial.

Las compañías que optan por estos modelos tienen una escalabilidad y un plan de negocio que es mucho más atractivo, en general, para cualquier inversor de capital riesgo que una empresa que innova en investigación aeroespacial, biomedicina, química o similar. En primer lugar, porque el retorno se produce en una startup de corte industrial, en caso de que tenga lugar, normalmente se producirá en un plazo más largo. En segundo lugar, porque la cantidad de capital que requiere una empresa de estas características es considerablemente mayor.

La rentabilidad del capital, en un entorno de postcrisis económica como el actual, es algo que se busca con afán por parte de los inversores que, en muchas, ocasiones se olvidan las condiciones laborales a las que se condena a los trabajadores de las compañías que utilizan los mecanismos de la ‘gig economy’. Por otro lado, se acelera la destrucción de empleo que lleva consigo la revolución digital y los empleos sustituyente es un empleo de baja calidad y peor remunerado que los empleos sustituidos. Finalmente, todo este fenómeno supone la desatención de un sector, el de la innovación industrial, verdaderamente susceptible de generar nuevos empleos, incrementándose así el shock que supone la digitalización de nuestro mundo.

En definitiva, toda esta dinámica amenaza con hacer más presente en el debate político y económico el fenómeno de la desigualdad, cuyo origen tal vez no se encuentre en el fenómeno de la globalización -la cual más bien ha dado paso al periodo de mayor prosperidad de la humanidad- sino más bien en el cortoplacismo y de la búsqueda de la rentabilidad a toda costa. 

¿Hemos perdido el respeto?


El Papa Francisco declaró ayer que “No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás, no puede uno burlarse de eso”. Añadía que “hay un límite, toda religión tiene dignidad”.

Estas palabras en la sociedad occidental actual van a ser objeto de duras críticas, y más aún después de la encendida defensa que se viene haciendo de la libertad de expresión a raíz del atentado contra la revista Charlie Hebdo y sus trabajadores. Y sin duda van a serlo porque nuestra sociedad occidental hace mucho que perdió el respeto por las creencias de los demás y las burlas hacia esas creencias. No lo digCanonization_2014-_The_Canonization_of_Saint_John_XXIII_and_Saint_John_Paul_II_(14036966125)o por decir, yo lo he vivido desde muy pequeño.
El hecho de que mis amigos se rieran de mí por ir a misa los domingos o recurrieran a insultos que aludíana mi fe católica cuando éramos adolescentes puede entenderse como una chiquillada o cosas de críos. Pero también como una falta de respeto. Respeto que al final uno acaba ganándose porque demuestra que cualquier cosa que el digan sobre eso con ánimo de ofender no le afecta lo más mínimo y uno sigue haciendo lo que ha hecho siempre.
El Papa Francisco debería haber aludido a que eso es lo “natural” cuando ofenden a un cristiano apelando a su fe. Y es que hay que discernir en este punto. Ser católico no es ser gilipollas, y cuando a uno le mentan a su madre, a sus hijos o le provocan reiteradamente, como cualquier otro ser humano lo más “normal” es que reaccione de forma violenta. Sería hipócrita decir que por ser católico, o profesar una religión, sus integrantes tienen que tener la paciencia del Santo Job y permitir todo tipo de provocaciones sin reaccionar. Somos católicos y eso no implica ser santos. Lo que sí somos es respetuosos y comprensivos con aquellos que no creen como nosotros y si bien nos duele que alguien se meta con nosotros por creer en Dios, o por hacer chistes sobre la religión que profesamos no conozco a nadie que reaccionara de la manera en que puede llegar a reaccionar un islamista radical.

Los límites a la libertad de expresión provienen de la dignidad de las personas, eso está por encima de cualquier libertad, porque esa dignidad personal es la base fundamental de todas las libertades individuales. Esto es algo que se ha omitido de una manera bastante llamativa todos estos días y que es francamente preocupante. La libertad de expresión no puede amparar un ataque a la dignidad de las personas. Otra cosa es que hayamos perdido el respeto por las creencias que profesan esas personas y consideremos que bajo el halo de la sátira todo vale. Yo me pregunto si la sátira con ánimo de ofender y de provocar también vale. El hecho es que para algunos no todo vale y sus reacciones, como por desgracia hemos tenido ocasión de comprobar la semana pasada, pueden llegar hasta el punto de quitar la vida. Podemos pretender ignorar eso todo lo que queramos, pero por el hecho de cerrar los ojos no va a dejar de arder el árbol.

¿Debemos por tanto limitar nuestra libertad de expresión por sus amenazas? ROTUNDAMENTE NO, nunca. Eso supondría su victoria y nuestra derrota. No debemos callarnos, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes de que hay muchas formas de decir las cosas, decirlas de una forma respetuosa y sin ridiculizar a los demás por sus creencias o su religión es un primer paso para llegar a entenderse. Si como dicen algunos estamos en guerra contra el terrorismo yihadista pero no contra el Islam y seguimos amparando lo que ellos consideran ofensas contra esa religión tenemos un grave problema.

Por último, hay un dato que debe tenerse en cuenta, muchos de estos terroristas son auténticos ignorantes en materia religiosa, en particular los nacidos en países occidentales. Por poner un ejemplo, los dos jóvenes británicos que fueron detenidos en 2013 por viajar a Siria con un grupo Yihadista llevaban en su equipaje dos libros: Islam for dummies y Koran for dummies. Estoy convencido que un musulmán no radical reacciona del mismo modo que yo reacciono frente a las burlas que los cómicos hacen a costa de nuestras creencias.
Bajo mi punto de vista, el respeto es uno de los escudos que Occidente debería emplear frente a la barbarie, así como también el de la firmeza frente a aquellos cuyas prácticas están muy alejadas de lo que entendemos por civilización. Pero si no nos respetamos a nosotros mismos, difícilmente podremos ser firmes frente a los demás.

Aplicar la normativa europea para acabar con los desahucios


El pasado domingo el Secretario General de Podemos fue entrevistado en un conocido programa. La entrevistadora se empleó a fondo para tratar de que Pablo Iglesias clarificara sus propuestas y concretara las mismas. El resultado, como consecuencia de las sucesivas evasivas de la nueva estrella mediática, no fue todo lo claro que cabría esperar de alguien que aspira a ganar las próximas elecciones generales. Me gustaría detenerme, por guardar relación con algo que atañe a mi especialidad, en la primera materia que adoptaría Pablo Iglesias si llegara a gobernar: Acabar con los desahucios. ¿Cómo? Aplicando la normativa europea. Esa fue la respuesta del Secretario General.

Podemos_logo_círculos.svg En este punto cabe preguntarse a qué normativa europea se refiere Pablo Iglesias. De sus respuestas se deduce que hace referencia a las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (sentencia que fue comentada en este blog con anterioridad) y que como dijimos entonces no supone “acabar” con los desahucios. Y es que como comprenderán la normativa europea exige que se cumplan una serie de requisitos para que se pueda llevar a cabo un desahucio como consecuencia del impago de la deuda contraída y garantizada por la hipoteca. El desahucio es la consecuencia de la ejecución hipotecaria, eso es lo primero que debería tenerse claro. En segundo lugar, la ejecución hipotecaria sólo se puede instar por el acreedor cuando el deudor no paga su deuda, concretamente de acuerdo con la normativa actual si deja de pagar tres mensualidades si se trata de familias y el inmueble sujeto a hipoteca es su vivienda habitual. La sentencia del TJUE vino a establecer que para que esa ejecución fuera conforme a derecho el contrato de hipoteca no debería contener cláusulas abusivas. En esos casos es cuando no cabe la ejecución y por tanto tampoco cabe el desahucio. Eso es lo que se aplica en España desde que el TJUE dictó aquella sentencia y es a lo mismo a lo que alude Pablo Iglesias cuando dice que aplicará la normativa europea para acabar con los desahucios. De todo ello se desprende que Pablo Iglesias tiene poca idea de lo que dice, o que si la tiene está mintiendo, porque simple y llanamente, aplicando la normativa europea no se van a “acabar los desahucios” en España. La rigurosidad de la nueva formación política deja bastante que desear en materia económica y ni que decir tiene que en materia jurídica también andan faltos de buenas dosis de rigor. La única forma de acabar con los desahucios es cargarse la garantía real que supone la hipoteca y eso implica que el acreedor quedará sin el recurso básico de defensa en base al cual prestó el dinero en las condiciones pactadas. Lo que vienen a ser más de un siglo de tradición jurídica nada más y nada menos. Bajo mi punto de vista la nueva formación anda sobrada de politólogos y no le vendrían mal profesionales que aconsejaran y asesoraran adecuadamente sus propuestas, al menos si quieren que resulten creíbles.

Adiós a la Ley de Hipoteca Naval


El viernes 25 de julio de 2014 se aprobó la nueva Ley de Navegación Marítima. Su aprobación ha conllevado que se produzca la derogación, una vez transcurrido el periodo de vacatio legis de dos meses previsto, de la Ley de Hipoteca Naval de 21 de agosto de 1893. untitled

               Es probable que muchos de vosotros nunca hayáis escuchado nada acerca de esta norma. Es más, es probable que penséis que ya iba siendo hora de que se derogara una norma tan antigua.

Para entender la importancia que tuvo la Ley de Hipoteca Naval en nuestro ordenamiento jurídico hay que retrotraerse al contexto jurídico que existía en el momento de su aprobación. Concretamente en el ámbito de los derechos reales de garantía existía una clara diferenciación entre la prenda y la hipoteca. Mientras que la prenda tenía por objeto exclusivamente bienes muebles, la hipoteca tenía por objeto los bienes inmuebles.

No obstante las necesidades del tráfico jurídico demandaban que para determinados bienes muebles se constituyeran garantías que tuvieran las mismas condiciones que las hipotecas, puesto que determinados bienes muebles, como era el caso de los buques, difícilmente podían ser objeto de prenda. El sistema de financiación al que acudían los armadores eran los denominados “préstamos a la gruesa ventura” que suponía un considerable riesgo para los acreedores puesto que la devolución del dinero prestado dependía del buen arribo de las mercancías al puerto de destino.

La ley de Hipoteca Naval supuso una verdadera innovación en cuanto que permitió hipotecar bienes muebles, si bien lo hizo acudiendo a la ficción de considerar al buque como un bien inmueble. De este modo se posibilitó que los armadores pudieran obtener una mayor facilidad para acceder a la financiación y así construir los buques (hay que tener presente que a principios del S. XX España contaba con una de las flotas más numerosas del mundo). La constitución de hipotecas navales permitía a los acreedores tener las garantías suficientes para que en caso de impago su inversión quedara cubierta. Asimismo una importante novedad que se introdujo en la citada ley de 1893 fue que se permitía constituir la hipoteca sobre buques en construcción siempre y cuando se hubiese invertido más de una tercera parte del valor del buque en su construcción.

El 21 de agosto de 1893 suena muy lejano, pero en buena medida, todas las disposiciones que se recogían en la Ley de aquella fecha han sido incorporadas a la nueva Ley de Navegación Marítima. De manera que si bien formalmente quedará derogada la primitiva Ley de Hipoteca Naval su espíritu seguirá latiendo más de un siglo después en nuestro Ordenamiento Jurídico.
Este artículo se ha publicado en Qué Aprendemos Hoy