Honestidad, disonancia cognitiva y política.

Hace algunas semanas leía un artículo que me pareció excelente. Su autor, Aleksander Kwasniewski fue presidente de Polonia entre 1995 y 2005 y habla de un valor, la honestidad, del que rara vez se oye hablar.
La falta de honestidad, de sinceridad con nosotros mismos, es algo que está estrechamente relacionado con la denominada disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva, cuyo concepto fue formulado por Leon Festinger, alude al esfuerzo que hace una persona para generar ideas y nuevas creencias (en definitiva excusas) para reducir la tensión que se ha generado en su interior como consecuencia de una incoherencia interna, de una disonancia que sufre esa persona. Podría decirse que la disonancia cognitiva es el resultado de haber sido deshonesto y como consecuencia del desasosiego que ello nos produce tratamos de auto convencernos a nosotros mismos de que en realidad no hemos actuado tan mal o de que incluso estamos haciéndolo bien.
Este comportamiento que en la vida cotidiana puede tener resultados nefastos para el individuo multiplica sus efectos exponencialmente cuando el que padece esa disonancia cognitiva es un gobernante. El empeño de algunos gobernantes de justificar a toda costa e incluso de forma chulesca, políticas que son radicalmente opuestas a las que se comprometieron revela un patrón de comportamiento propio de alguien que padece esta clase de disonancia. Esto es lo que podría pensarse si partimos de una postura ingenua y consideramos que en realidad dichos gobernantes actúan de buena fe.

Pero la falta de honestidad no tiene porqué guardar relación con la disonancia cognitiva. Como indica el expresidente polaco podemos encontrar diversas clases de políticos deshonestos: El que es, ha sido y será deshonesto siempre, a éste no le afecta ninguna clase de disonancia cognitiva alguna, es un político que está ahí para “forrarse” y no persigue satisfacer otro interés que el suyo propio ,el clásico “jeta”. Alude también a los políticos torpes, a los jugadores y a los alborotadores. Los adjetivos que acompañan a esta clase de políticos deshonestos les describen por sí solos. Basta con pensar un poco para identificar en nuestro arco parlamentario a algunos de ellos. Incluso en más de uno se pueden encontrar las tres clases de deshonestidad. Se añaden otras clases de políticos deshonestos, como el “operador” al que se le critica porque carece de visión de conjunto o al cobarde que se achica ante la responsabilidad.
Es obvio que en política, tal y como se plantea en la actualidad, es extremadamente difícil ser honesto. Pero no toda deshonestidad resulta igual de dañina. En este sentido cabe hacer referencia a que la honestidad llevada al extremo puede incluso resultar dañina. Así, cuando se habla de honestidad moral, el ser radical en estos aspectos puede llegar a ser contraproducente para los intereses generales. Es aquí donde entra la distinción que hacía Kant entre el “moralista político” que busca forjar a moral a través de la política según las necesidades de la política. Piénsese por ejemplo en las banderas electorales que agitan derecha e izquierda en nuestro país, es tan moralista el político que está en contra del aborto como el que pretende que sea libre, porque al fin y al cabo se está apelando a la moral individual de las personas para que inclinen su voto en un sentido u otro. Eso es deshonestidad política y es utilizar como arma política algo que es exige el más profundo y serio de los debates, a fin de cuenta hablamos de vidas humanas.
Kant contraponía al “moralista político” la figura del “político moral”, es decir aquel político que huye de hacer electoralismo con cuestiones morales pero que no cae en la ingenuidad moral, esto es que no deja de defender aquello que considera que es justo en aras del interés general.

El problema radica en determinar en qué consiste ese interés general. Considero que en España los ciudadanos hemos sufrido tal deshonestidad por parte de nuestros políticos que la disonancia cognitiva que pudiera haber afectado a algunos de ellos ha alcanzado a gran parte de nuestra sociedad. Es lo que algunos llaman el hooliganismo político o el justificar lo que hace mi partido porque le he votado o le pienso votar. Es por ello que a medida que se intensifica la tensión entre los partidos políticos también se intensifica la tensión entre la ciudadanía. Se trata de una suerte de polarización de la que son conscientes los propios partidos y hasta somos capaces de ver como ellos mismos tratan de suavizar la tensión. ¿Es ello un acto de deshonestidad? ¿Si la tensión es real por qué la disimulan? La respuesta podría encontrarse en que están perpetrando una deshonestidad mayor aún: su voluntad de perpetuarse en el poder a costa de seguir siendo deshonestos con los votantes.
La cuestión que estamos abordando tiene una vertiente que solemos ignorar y precisamente tiene que ver con la propia honestidad ¿Cuán honestos somos con nosotros mismos? ¿Cuán honesta es la opinión pública? ¿Cuán de honestos podemos presumir que somos? Anteriormente refería que podría ser probable que la disonancia cognitiva podía haber alcanzado a gran parte de nuestra sociedad porque aquélla había podido afectar a algunos de nuestros políticos como consecuencia de su deshonestidad, pero ¿Y si fue justo al revés? ¿Y si la nuestra fuera una sociedad deshonesta? Prefiero huir de afirmaciones taxativas y considerar que es posible que se hayan dado los dos supuestos.

Ser honesto con uno mismo significa tratar de dar respuesta a esas preguntas incómodas que preferimos no hacernos a nosotros mismos. Consiste en dar respuesta a esas preguntas y preguntarnos porqué damos esa respuesta y no otra. Ser honesto con uno mismo es más difícil de lo que parece en un entorno donde el relativismo impera y donde tiene poca importancia hacer cosas totalmente opuestas ya que la consecuencia de actuar bien o mal es idéntica. Únicamente si somos honestos con nosotros mismos podremos evitar caer en la disonancia cognitiva. En caso contrario podremos buscar todas las excusas que queramos, podremos dar miles de justificaciones, pero en el fondo la verdad siempre estará ahí, tratando de ser olvidada.

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