Reflexiones a bocajarro (IV)

Asistimos a una serie de fenómenos inusuales si tenemos en consideración que la raza humana lleva más de 2.000 años habitando este planeta. Pienso, considero, que son inusuales porque a lo largo de esos más de 2.000 años de historia nuestro planeta ha sido testigo de todo tipo de cosas. Lo más grave, por desgracia para nosotros, es que las más traumáticas para los seres humanas parecen condenadas a repetirse. Probablemente se hayan repetido con matices que las han distinguido, pero en el fondo se repiten.
Parece como si el destino quisiera jugarnos una mala pasada y por una inexplicable razón nuestra naturaleza lleve implícito aquello de tropezar dos veces en la misma piedra. Y es cierto, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Pero es que si nos abstraemos del individuo y pensamos en el conjunto de la raza humana nos encontramos con que no sólo tropieza dos veces, si no miles. Quizá esa sea una de las razones por las que sobrevienen los regímenes totalitarios. Trataré de explicarme.

Cuando el hombre goza de libertad, normalmente, su propia naturaleza le inclina al ocio. Si disponemos de tiempo libre nos gusta divertirnos, despreocuparnos, disfrutar haciendo lo que nos gusta. Y, salvo en contadas ocasiones, eso no implica esforzarse. Si puedo obtener lo mismo sin esforzarme ¿para qué voy a hacerlo? Es un pensamiento que, nos guste o no, es de lo más común. ¿Hay gente más ociosa en una sociedad libre que en una sociedad totalitaria?
Puede que me esté expresando mal. Hablamos de exigencia no de libertad. Aunque muchos pueden concluir que a mayor exigencia menor libertad, puesto que esa mayor exigencia requiere un mayor esfuerzo y ese mayor esfuerzo implica menor tiempo libre para que uno pueda hacer lo que le dé la gana. Si bien equiparar la libertad a hacer lo que a uno le dé la gana es algo muy discutible. Pero, al menos por hoy, vamos a dejarlo aquí.

Retomando el hilo anterior, si una sociedad tiene una menor exigencia para con sus integrantes puede ocurrir que los miembros de esa sociedad se relajen en exceso. Ese exceso de relajación puede tener un efecto positivo pues el hombre con tiempo libre puede alcanzar magníficos resultados si lo emplea adecuadamente. Pero también pueden producirse efectos negativos. De modo que ese exceso de relajación convierta a ese hombre en un descuidado y acabe siendo menos diligente o menos productivo de lo que puede esperarse de él.
¿Puede decirse que la falta de exigencia ha motivado la crisis actual? Considero que no. Puede que en la que vivamos dentro de unos años sea otro gallo el que nos cante. No puede tratar de reducirse todo a una sola causa.
Sin embargo, sí que advierto algo inquietante. Lo que me inquieta es que hemos teñido de complejidad determinadas actuaciones con el objeto de eludir la exigencia. Es como si dijéramos que hemos evolucionado para tratar de escapar de aquello que nos hacía ser una sociedad próspera. Con diversos objetos, pero siempre con un patrón similar: disfrazando el sentido de las palabras, enredando la madeja para que sea casi imposible averiguar dónde empieza el hilo, fingiendo sentimientos que desconocemos, creando inquietudes inexistentes o inventando necesidades que en realidad son caprichos. En definitiva, mintiéndonos a nosotros mismos.
Más de 2.000 años después seguimos sin ser capaces de ponernos de acuerdo en algo tan simple como que lo que realmente vale es aquello que tiene valor per sé y no por que lo diga el mandatario de turno. Nos hemos creído tanto nuestra propia mentira que somos incapaces de ver lo que probablemente sea la realidad. Y prefiero no afirmarlo taxativamente para no caer en el enfrentamiento al que nos ha abocado el mentirnos a nosotros mismos. Quizá sea porque las cosas no valen para todos lo mismo. No lo sé.

El hecho es que llega un momento en que esa libertad de la que goza una sociedad, sino va acompañada de una exigencia para el individuo, se vuelve nociva. Llega un punto en que los hombres libres pierden la referencia de aquello que les había dado su propia libertad, e irremediablemente la pierden. Si lo pensamos a nivel de un solo individuo es fácil encontrar un ejemplo. Sin embargo, es mucho más complejo imaginarlo al nivel de una sociedad entera; ésta es heterogénea y por tanto en ella misma hay contrapesos naturales que determinan que esa pérdida de libertad tarde más en llegar. A mi juicio ya quedan pocos contrapesos para que llegue ese fatídico momento y si no nos exigimos más, a cada uno de nosotros mismos, acabaremos perdiendo no sólo la libertad si no mucho más.
Entiendo que algunos piensen que ya han perdido la libertad. Sin embargo, es probable que una reflexión seria sobre las consecuencias de los hechos propios les lleve a cambiar de opinión. Claro que para ello hay que pararse a reflexionar, y dado que no nos damos el más mínimo respiro, y que cuando lo tenemos “desconectamos” es probable que, más pronto que tarde, las cosas dejen de ser como eran.

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